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Contenido creado por Federica Bordaberry
Literatura
De pancartas y remeras con frases

El culo lleno de preguntas (parte I): conflicto de intereses entre el arte y la publicidad

Lo que a mí me da urticaria es que esos enunciados se presenten como arte. Que se acaparen militancias y movimientos que no le corresponden.

30.06.2022 15:32

Lectura: 7'

2022-06-30T15:32:00
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Por Bruno Guerra
brunogdarriulat

Mi primera militancia fue destrozar las pancartas de mi barrio. Odiaba, sobre todo, las que contenían supuestas confesiones de amor, pedidos de disculpas y propuestas de matrimonio. Me desagradaban (en menor medida) las felicitaciones cuando alguien se recibía en una carrera cualquiera. Pongamos por caso: “Felicitaciones Pascual, sos ecónomo”, con exagerados agravantes cuando el emisor acapara parte del protagonismo al homenajeado, por ejemplo: “Sos mi orgullo Clelia. Mi hija, Licenciada en Filosofía”.

Me daban vergüenza ajena y no entendía cómo una persona podía esquivar la tremenda humillación que acarrea este gesto. Y peor aún, cómo el remitente no estallaba en ira tras tamaña invasión y exposición sin consentimiento.

No me molestaban así los mensajes a las quinceañeras. Ya sabía (por los testimonios de todas mis amigas), que ellas suelen arrepentirse de absolutamente todo poco tiempo después. Quieren desaparecer las filmaciones de la fiesta, las fotos, todo lo que registre el peinado, el novio del momento (si lo había) y, sobre todo, sienten vergüenza de las canciones elegidas para entrar. Aún más si esta fue “Angel” de Robin Williams (con agravantes si era la versión en español), o “I don’t wanna miss a thing” de Aerosmith, más conocida como “la canción de Armageddon, la película donde Bruce Willis muere”.

Con el tiempo tuve que ocuparme de cosas que parecerían tener más que ver con los propósitos del universo (estudiar y trabajar) y, como consecuencia, abandoné esta ferviente militancia.

Se abría una etapa nueva para el curso del mundo. Las ventas de planchitas para el pelo cayeron en picada, el INAME pasó a llamarse INAU y ya no era una amenaza para los niños caprichosos. Bruce Willis empezó a morir con más frecuencia en las películas hasta desaparecer de plano, y las pancartas no se veían con tanta frecuencia.

Lo cierto es que mi perspectiva cambió y hasta me empezaron a caer simpáticas algunas de estas pavadas, con excepción de las del tipo: “mi hijo es doctor”. Esas me siguen pareciendo aberrantes.

Yo no sé si estás intervenciones tienen algo de artístico. Lo que sí sé es que, de tenerlo, al menos no son pretenciosas. Es un arte que se da por accidente.

Aquella humillación que me parecía terrible a los diecisiete años, hoy me parece de una valentía estúpida y tan graciosa como torpe, algo que realmente (y quiero enfatizar en este punto) considero una virtud excepcional.

Toda esto fue una introducción para poner sobre la mesa mi nueva militancia. Es contra algo que, si bien tiene mucho que ver con el fenómeno artístico, y lo ronda, está más asociado a la publicidad y al posicionamiento de marca.

PLEF, sin dudas, dejó la vara muy alta. Se ve que la impresión que generó no tiene una réplica sencilla y bien está. No tiene que ser deseable trabajar de la misma forma y apuntar a lo mismo en todo el arte urbano (por usar este ejemplo), pero a veces me asusta no poder distinguir cuándo el arte apunta a la transformación o a generar placer en el espectador, de cuando se usan las distintas plataformas para acaparar pensamientos populares y hacer de ellos una voz que dice ser una cosa, pero en realidad sólo le interesa vender y hacerse eco para posicionar una empresita personal.

Veo algunos muros con frases. Me están empezando a romper los ojos y me recuerdan mucho a los libros de coaching Murakami, algo que creo que se separa de la trayectoria literaria del autor.

Antes de atacar a ciertos generadores de contenido necesito hacer una aclaración. No me creo quién para criticar a los consumidores (he consumido cosas peores… y mejores también). Si alguien se cruza una frase cualquiera, (por más simplista que a mí, a causa de esta aburridísima acidez, me parezca) y le da el ánimo o el impulso que tanto le hace falta, entonces esta frase se convertirá en motivo de mi aplauso. Si algunos de estos pasajes les identifica, me parece genial, cada uno busca respuestas donde puede.

Lo que a mí me da urticaria es que estos enunciados se presenten como arte. Que se acaparen militancias y movimientos que no le corresponden a su favor (supongo que por creerlos de moda) y estampe sus mensajes en paredes y remeras con el fin único de agrandar su parcelita.

Claro está que los artistas necesitan de un mercado. Es obvio que cada uno utiliza las herramientas que tiene a mano para hacer oír su voz, llámese Instagram, Tumblr, un graffiti, una pancarta, un mural o solo letras puestas en una pared.

En la calle se encuentran cosas muy interesantes. Están por todas partes y basta con caminar algunas cuadras de la capital para toparse con alguna. Pero entre tanto caudal de talento también están estos trepadores que disfrazan su contenido de marca de hecho artístico.

Quiero aclarar que no tengo nada en contra de estas expresiones (aunque creo que el término no aplica cuando no son genuinas, no reflejan el pensamiento de un autor, sino el intento de alguien de ingresar en el lector con dispositivos fáciles, tal como lo hace la publicidad). Poco me importa el medio o el lugar que usen para hacerse ver. Lo que me resulta peligroso es hacer pasar todo esto como arte y, si bien yo no creo que sea sano colocar a la poesía y a la literatura en un pedestal, sí me parece importante separarla de la cuestión marketinera de base.

Una cosa es el mercado necesario para la difusión de los artistas. Otra, muy distinta, es ingresar de polizón en una disciplina que realmente no interesa, y usarla de trampolín para el posicionamiento de marca. Este manoseo es tan sencillo que ya empieza a oler mal.

No tengo nada en contra de los mensajes a favor del amor propio (por poner un solo ejemplo), pero no me gusta que usen las vulnerabilidades de la gente para ingresar en sus casas y cuando se utilizan para todo lo antes mencionado.

Las pancartas, al menos, dicen ser lo que son. Y es cierto que pueden resultar invasivas, pero removerlas toma cinco minutos.

Los graffitis con mensajes del tipo: “Andrea, volvé, ya conseguí laburo” (que estuvo luciéndose por años en Av. A la Playa y Av. De las Américas), tienen gracia, son como un proto meme, ese invento maravilloso que nos hacen encontrar la risa en nuestra estupidez cotidiana. Y por esa simple razón tiene más literatura que ciertas frases que tiran máximas sin sentido y a las que prefiero no ejemplicar.

Antes hablé de PLEF y es un excelente ejemplo para diferenciar una estampa de una marca. PLEF tiene, tanto para sus seguidores como para sus detractores, un mensaje implícito en el nombre. PLEF significa en sí mismo y no necesita más desarrollo. Es una impresión y una instalación. Es un mensaje más complejo del que aparenta y mueve subjetividades por sí solo. Y en su sombra están ciertas abyecciones que parecen una vaga copia de ciertos libros olvidables. Una tontería convertida en cierta por repetición.

Me da risa, o me da pena, pero nada se puede hacer.

Últimamente ni siquiera tengo la consciencia para diferenciar la arcada de la carcajada.

No quiero dedicarle más tiempo a este asunto. En realidad, quería averiguar en dónde estamos parados como generación de escritores y lectores. Qué preguntas nos unen y nos mueven. Pero para esto necesito pensar y esta semana no tuve ganas, así que dejaré el desarrollo de esta incertidumbre para mi próxima intrusión.

Hasta entonces, si hay alguien entre ustedes que me quiera bancar el merchandising, les hago saber que hace poco escribí un libro y que tengo un par de frases mal copiadas que me gustaría estampar en una remera. Por ejemplo, “no distingo la arcada de la carcajada”.

Por Bruno Guerra
brunogdarriulat