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Contenido creado por Federica Bordaberry
Música
Poeta samurai

Feli Colina no sabe bien lo que vendrá y busca una nueva fascinación

Una argentina de Salta que puede subirse a un escenario con canciones bellas y brutales, y volver a su casa como si no hubiera pasado nada.

21.06.2022 14:52

Lectura: 8'

2022-06-21T14:52:00
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Por Federico Medina

La cantautora argentina Feli Colina tiene muchas historias increíbles. Son eventos trascendentes, atractivos y tan clásicos como en los cuentos de hadas, o en los documentales de tevé que recrean las vidas de las más famosas estrellas del rock. Un ejemplo es este: luego de un concurso en el que salió victoriosa, fue a parar a los estudios Abbey Road, donde grabó Feroza, su segundo disco.

Otro ejemplo es este: antes -después de abandonar su trabajo en un estudio jurídico- se instaló en las profundidades de Buenos Aires para cantar, acompañada de su guitarra, melodías propias y ajenas, en la Línea B del subte porteño. Se dio cuenta que, de esa manera, podía ganar suficiente dinero para vivir.

Pero nada de estos dos relatos heroicos valen la pena al lado de una de sus canciones. En todo caso, ahí está el secreto. Es algo más que algún tipo de poder hipnótico. Son las palabras que selecciona, las notas que elige. Y su poesía.

No tiene sentido agregar algo más, ni describir ningún otro aspecto de su obra. El lector podrá entender esta decisión cuando vaya a escuchar, por ejemplo, “Chakatrunka” de su último disco, El Valle Encantado.

“Escuchar la forma de hablar de algunas personas, ahí puede haber poesía”, dice. Conversamos por Zoom. No hace mucho se mudó a Chacarita, pero esa mañana estaba en Colegiales. Sobre Buenos Aires, donde vive desde hace ocho años, dice: “Esta ya es mi casa. Creo que los lugares cambian dependiendo de cómo uno los vive. Yo trato de vivir lo más tranqui posible, a mi ritmo, entonces todo me parece relativamente tranqui, pero esta es una ciudad gigantesca y loquísima”.

Le gusta lo que hace Rosalía y escuchó su disco Motomami, pero en este momento busca otras músicas nuevas, o diferente, algo que todavía no encontró. Dice que se crió con la tele de los noventas, que los libros los ojea, alguno de Violeta Parra y recuerda: “En mi casa en Salta había un libro de antología poética de tapa verde, llamativa”.

Este julio girará por Argentina y la mañana en la que hablamos toma un café con la tranquilidad de quien tiene la mañana, la tarde y la noche para hacer lo que le dé la gana.

Hoy te toca actuar en lugares donde te ven y te escuchan miles de personas. ¿Habías soñado con eso?

En un principio simplemente hacía música y me era difícil pensarlo como un posible oficio. Y después sí, obvio, sigue siendo mi sueño tocar cada vez frente a más gente.

Tu música es muy personal, viene de un lugar muy íntimo. ¿Cómo se hace para interpretar eso cuando el ambiente es de un lugar muy grande y con mucho público?

Yo creo que lo estoy aprendiendo. El conector siempre es la música. Esto que te voy a decir es más una ilusión, pero creo que al buscar en mis propias cosas estoy yendo a lo profundo de cada humano y ahí está la humanidad misma; somos el mismo bicho. Hay un conector por especie, por naturaleza. Y esa intención de hacer cosas desde mis profundidades tiene que ver con eso y me gusta creer en esta idea de conexión.

¿De qué lugar viene tu poesía?

No tengo ni idea. Pero he ido identificando algunas cosas. Creo que tiene que ver con mi geografía natal, con que en la escuela me hayan hecho leer el Martín Fierro, o con haber escuchado a Atahualpa Yupanqui, a Jaime Dávalos, y la poesía norteña, la de Salta, la tucumana, la jujeña; eso tiene que haber quedado en algún lugar de mi inconsciente.

Además, yo tuve una educación católica desde muy chiquita, y algo de las oraciones me quedó. Frases como: “Bendita sea tu pureza, y eternamente lo sea, pues todo un dios se recrea, en tan graciosa belleza, a ti celestial princesa….” Ese drama, y haberme hecho rezar toda la vida, también debe haber influido en lo que hago.

Y ahí también hay ciertas estructuras poéticas.

Sí, pero yo no sé ni en qué estructuras escribo. Diría que soy una escritora de oído, escribo y canto según me suenan las palabras.

Se podría decir de El Valle Encantado que es un disco de folclore.

Creo que cuando sale un disco es el final de una etapa. Entre Feroza y El Valle Encantado pasaron tres años en los que estuve bastante sumergida en el folclore. Mientras compuse ese disco también me puse a escuchar un montón de música clásica y coincidió con los tiempos de pandemia. No podía salir mucho, no pude ir para Salta casi por un año, extrañé mi casa allá, extrañé la naturaleza, no podía ver un pastito. Creo que todo eso se refleja en el El valle encantado.

Ahora no sé qué se está gestando. Siento que la etapa de contenido creativo de un disco habla más de un pasado que de un presente, o un futuro.

Obviamente, uno se queda con algo de cada etapa pero tal vez estoy buscando nuevas cosas. No sé ni qué. Todavía no encontré mi nueva fascinación.

Fotos: cortesía de producción

Fotos: cortesía de producción

Cuando te vi por primera vez, dabas una entrevista en el programa Últimos Cartuchos, donde también tocaste algunas canciones. Era 2019. Al tiempo volví a encontrarte en una actuación en vivo y parecías otra criatura totalmente diferente.

Ojalá que toda la vida, cada año, sea una criatura diferente. Yo soy feliz cuando me veo mutar. Siento que me estoy dejando interpelar, si voy cambiando.

Hay algo que se mantiene quieto y que es parte de la esencia de uno. Tal vez en Últimos Cartuchos, era más la Feli humana, digamos; así como estoy charlando con vos, y después en el escenario siento una libertad expresiva que no siento en el resto del día.

¿Me contás de “Sagitario”?

Los años de Feroza (donde está incluida la canción) fueron muy particulares. Yo estaba superando una dolencia amorosa, pero además ese episodio me reveló muchas cosas de quién yo había sido y qué, de lo que yo era, lo había elegido. Y qué de lo que yo era había sido impuesto. “Sagitario” fue una cita con sagitariano. En principio, no tiene demasiado trasfondo. Pero es la última canción que compuse de ese disco. Es lo más cercano a su nacimiento, ¿no? Entonces “Sagitario” medio que decantaba esa época en la que yo estaba descubriendo quién era, mientras revivía viejas heridas y dolores.

¿Y cómo lidiás con lo que te devuelve la gente luego de escuchar tus canciones?

En gran parte, siento que cuando compongo soy más traductora que creadora. Como una cosa que empiezo a leer, algo que se me revela, de algún modo. Es la magia de la vida, ¿no?

Y a la hora de recibir lo que mis canciones han generado, me siento una mensajera. Obviamente, me emociona y me encanta poder conocer la historia de las personas y saber qué les pasó con mis canciones, pero a mí también me han pasado cosas con mis canciones; pienso en momentos de claridad y, evidentemente, ahí hay temas que me interesan y me interpelan.

¿Cómo es tu vínculo con la guitarra?

Me da ternura solo de pensarlo. Fue de las pocas veces en la vida que toqué un objeto y sentí que tenía que charlar con él. Así fue mi primer vínculo con la guitarra. Siento que siempre estuvo presente en mi vida. De hecho no sé tocar otro instrumento y es porque no he vuelto a sentir esa sensación que experimenté con la guitarra. Comenzó cuando aprendí a tocar mis primeras canciones y pasó a ser... Ni siquiera una guitarra específica. Fue todo, mi capa y mi espada, mi compañera, mi terapeuta, me emociona hablar de esto.

A través de la guitarra conocí mucha gente, hice muchos amigos, me descubrí a mí, descubrí a otras personas, sobreviví económicamente. Mirá, desde que tengo 11, las experiencias más valiosas de mi vida han sido con una guitarra. Es un objeto realmente importante para mí.

Hacés cosas muy raras cuando tocás la guitarra. ¿Cómo aprendiste? ¿Prueba y error?

Cien por ciento. Empecé con lacuerda.net, tratando de acompañar a la voz, y después, en el subte, fueron los años en los que más toqué la guitarra en mi vida; la fui entendiendo, su ritmo, su juego, y me empecé a divertir mientras aprendía. Cuando toqué con Conociendo Rusia, ahí también aprendí un montón.

Lo que sale también es por falta de recursos. Los límites son los que te dan la personalidad.

¿De dónde salió tu primera guitarra?

La primera era de mi viejo. Él canta y toca la guitarra y en casa había una que le habían regalado cuando tenía cuatro años. Después, cuando yo tenía nueve, mi mamá le regaló otra guitarra. Ahí él ya tenía dos criollas y entonces empecé a jugar con la más vieja que le había quedado. Y a los 16 años, cuando empecé a trabajar, me compré mi guitarra, la que tengo acá, es la guerrera, mi única guitarra, la mía.

Por Federico Medina