“La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. Él mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración", escribió Immanuel Kant en Respuesta a la pregunta: ¿Qué es Ilustración?.

Hace dos semanas, una nueva polémica con relación al fenómeno de la cancelación se desató cuando los editores del autor británico Roald Dahl decidieron reescribir los contenidos que consideraban ofensivos en sus libros. “En la nueva edición de su obra, que incluye el clásico Charlie y la fábrica de chocolate, se han borrado o modificado referencias al género, la apariencia y el peso de los personajes. Los editores de Dahl (1916-1990) dijeron que las novelas se han actualizado para adecuarse más al público moderno”, indicó la BBC.

La cancelación es un concepto que, evidentemente, no es nuevo. Platón canceló a los poetas de su república porque la poesía no se llevaba bien ni con el conocimiento ni con la educación. Desde el momento que se cataloga algo como pernicioso, inconveniente o corruptor, su eliminación se antoja necesaria. Lo que es nuevo de este mecanismo de censura en su versión actual, es su legitimidad. Porque en el caso anteriormente citado, y en muchos otros donde se han proscrito obras y autores, siempre aparecen como ejemplos arquetípicos de intolerancia y abuso de verdad, o de poder, que en general coinciden. Alguien se arroga la potestad de velar por el bien de todos y se toman decisiones arbitrarias que, según su entender, y solo su entender, y tal vez un puñado de seguidores, traerá consigo bienestar para el resto de la sociedad. Sin embargo, las cancelaciones a las que estamos asistiendo en nuestros tiempos parecería que no escandalizan a nadie y no son arquetipos de nada, sino simplemente progresismo cultural que nos viene a sacar de las oscuras cavernas de la sinrazón y el libertinaje de antaño. Claro, se me dirá que las cancelaciones de las que hablamos hoy no son política de ningún Estado —con excepción de aquellos que aún ostentan regímenes totalitarios—, sino que obedecen a decisiones de grupos editoriales o plataformas de streaming. Por lo tanto, no está prohibido acceder a tal o cual contenido, sino que algunos canales han decidido modificarlo o suspenderlo. Y aunque parezca menos grave este estado de cosas con lo que propuso Platón hace 2500 años, en verdad no lo es, y las razones son las siguientes.

Primeramente, si los únicos canales que tienen los derechos de un contenido lo alteran o suspenden, aunque no sea ilegal el acceso, queda, de hecho, muy comprometido. De un tiempo a esta parte hemos asistido a ediciones de contenidos literarios y audiovisuales que, en nombre de la corrección política, modifican u omiten el sentido original de tal o cual obra y esto redunda en que la experiencia del público no sea la misma. Lo que hizo que una obra fuese catalogada en su momento de valiosa, incluye imperfecciones, dislates y errores que forman parte de su sentido y potencia. Creer que esa obra es mejorable a los ojos del presente, implica omitir el contexto histórico de su producción, sin mencionar que dichos dislates u errores pudieron no ser tales, y quedan perfectamente justificados dentro de la coherencia interna de la obra. Pero aún siendo de común acuerdo que a los ojos del presente algún pasaje de alguna obra pudiese ser anacrónico, ¿no representa de igual modo un valor histórico, documental o estético, y una invitación a repensarlo desde el presente poniéndolo en juego con discursos actuales? La censura, por más bien intencionada que sea, siempre implicará un cercenamiento de la libertad, una privación del pensar y una subestimación del público, porque se asume que quien ve tal o cual contenido no lo puede poner en perspectiva, relativizarlo ni someterlo a ningún tipo de examen. Se parte de la premisa que el público hipotético que decodifica el mensaje es pasivo, irreflexivo, concreto y literal. Y la cancelación, completa el círculo, confirma la hipótesis y diagnostica la enfermedad. Si represento una sociedad esclavista, se piensa, quien se exponga a dicho contenido creerá que hay una suerte de apología o idealización de dicho sistema, como sucedió con Lo que el viento se llevó, cuando en el 2020 HBO la retiró de su catálogo. Una visión tan paternalista del público, una subestimación tan grande de su juicio y mirada, solo puede desembocar en un empobrecimiento de la crítica, dejándola huérfana de texturas, ribetes, matices y aristas. Todo es blanco o negro, bueno o malo, conveniente o perjudicial. Una apuesta monocromática del estilo que obtura y niega siglos de experiencias estéticas donde el arte vino a decirnos que lejos de negar lo abyecto para que no suceda, se debe representarlo y pensarlo. Porque el arte, más que ninguna otra disciplina, tal vez, tiene un conocimiento antropológico mucho más fino que cualquier burda política de cancelación, y radica en reconocer que lo abyecto nos habita.

En el fondo, esta policía del pensamiento orwelliana, esta dictadura cultural de un malentendido progresismo, este adoctrinamiento moral y esta evangelización estética, parten de un feroz miedo a la otredad. No se admite dialéctica alguna que habilite la contradicción, el diálogo, los antagonismos. Todo debe ser amable, condescendiente, bello, onanista, complaciente y licuado. Como lo que nos muestran los perros de Koons.¹

En el texto Qué es la ilustración (1784), Kant nos presenta al Hombre como responsable de su minoría de edad en la medida que no es capaz de servirse de su propio entendimiento. ¡Sapere aude! Atrévete a pensar es la divisa de la ilustración. La política de la cancelación parecería que nos deja en una niñez crónica a la hora de ser críticos y de servirnos de nuestra razón, porque se asume que no estamos en condiciones de hacer ningún tipo de distinción, ni de salvedad, ni de matizar cualquier contenido. Por lo tanto, como no gozamos de dicha autonomía, se nos debe cuidar y arropar para que no nos expongamos a contenidos nocivos. Una especie de estado de bienestar estético que solo puede traer aparejado un aburguesamiento de la mirada, un mal acostumbramiento a que nada sea impertinente, díscolo o disruptivo. Y el arte, entonces, más que ser una empresa de cuestionamiento y problematización, se transforma en una anestesia de consumo para distraernos de nuestras tareas diarias, pero de ningún modo se presentará audaz, revolucionario o transformador, como se supone que debe ser una pieza literaria o audiovisual que nos ofrezca la genuina oportunidad de interpelarnos. Lo políticamente correcto no es revolucionario, ni audaz, ni transformador, y, por lo tanto, nunca nos interpelará. No será un agente de cambio sino un reproductor del statu quo. Una de las tantas formas que el sistema adopta para adormecernos y conformarnos, evitando disgustarnos, para que, en un estado narcótico semejante, podamos seguir consumiendo conforme a nuestros prejuicios. Alguno puede increparme que estoy tensando mucho la liana, que no es para tanto y que estoy exagerando, pero si no solo nos detenemos en casos puntuales, y esta práctica se vuelve la norma y no la excepción, es posible que tengamos en unos años una generación entera a la que se la crio bajo un gran eufemismo estético. Y como se sabe, a veces la vida es ingrata, injusta, amarga y odiosa, y el arte no debería tener el objetivo ni de edulcorarla ni de maquillarla, sino representarla de manera cruda y honesta, exigiendo al espectador, desafiándolo, tensando sus límites y suscitando en él emociones que no vayan solo en la dirección de sus inclinaciones.             

Finalmente, se hace necesario retomar el texto kantiano, y devolverle al individuo la autonomía y autarquía que en nombre de una moral lavada imperante, en nombre de una corrección política que pretende no ofender a nadie, como si eso fuese deseable, se empeña en empequeñecer el rol activo del espectador. Y esto, si lo llevamos a una dimensión política, tal vez no se nos presente tan trivial. Una ciudadanía con mirada crítica e interpelante es la que a fin de cuentas puede elegir luego gobernantes a su altura, y viceversa, una que solo aprueba lo aprobable y piensa lo pensable, me pregunto hasta qué punto será capaz de emanciparse, denunciar las relaciones de poder, y como dice Deleuze, no confundir los fines de la cultura con el provecho del Estado, la moral y la religión.

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¹ https://es.wikipedia.org/wiki/Jeff_Koons