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Contenido creado por Manuel Serra
Música
Criptograma musical

Lisandro Aristimuño solo bien se lame: “Cuanto más collage y sonoridad, más feliz soy”

El cantautor argentino regresa a Montevideo para revisitar su repertorio rodeado de instrumentos y máquinas, pero en solitario.

25.10.2022 13:03

Lectura: 19'

2022-10-25T13:03:00-03:00
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Escribe Carlos Dopico | @CDopico

Lisandro Aristimuño es un músico argentino, nacido en Viedma en 1978, el mismo año en que la selección argentina se consagró campeona, en plena dictadura, tras derrotar a Países Bajos en el mundial del que era anfitriona.

Lisandro es multinstrumentista, productor y por sobre todo uno de los cantautores argentinos más renovadores de la escena musical contemporánea. Su estilo contiene rastros de rock y pop, tanto como de folklore latinoamericano, aires techno, downtempo y brumas del trip hop. Precisamente, lo difícil que se torna etiquetarlo es lo que lo caracteriza y destaca. Lisandro es además un notable cantante que teje frases poéticas sofisticadas sin perder musicalidad.

En menos de dos décadas grabó siete álbumes de estudio, un EP de música instrumental electrónica y un EP de música en vivo, donde solo él toca. En ese trayecto, produjo además álbumes a artistas que admiraba, como Liliana Herrero o Fabiana Cantilo, y compartió grabación con músicos como Ricardo Mollo, Hilda Lizarazu o Javier Malosetti.

El rionegrino llegó al Uruguay en 2004, de la mano de un carioca y un montevideano radicado en Europa, Paulinho Moska y Jorge Drexler respectivamente, para abrir el concierto de ambos en el extinto Teatro Plaza. Desde entonces, ha visitado nuestro país periódicamente para tocar en distintos escenarios. El próximo 27 de octubre, lo hará un día antes de su cumpleaños número 44 para desplegar su set en la Sala del Museo y revisitar buena parte de su repertorio en solitario.

Desde su estudio en Buenos Aires, Viento Azul, y a una hora de tomarse un avión para continuar de gira por las provincias argentinas, conectó el Zoom a su celular para mantener esta charla distendida con LatidoBEAT.

Foto: Valentín López López

Foto: Valentín López López

¿Se podría decir que comenzaste tu carrera profesional en 2001, cuando decidís instalarte en Buenos Aires? ¿O para vos todo deviene de 2004, cuando debutás discográficamente con Azules turquesas?

En realidad, te podría decir que arranqué mucho antes. Laburé mucho. A los 13 años ya tenía una banda con la que tocaba los fines de semana en bares y pubs de Viedma (provincia de Río Negro, justo al norte de la Patagonia), mientras cursaba el primer año del secundario. Ayudaba con guita en casa, a mi vieja. Y empecé también temprano a componer, aunque tenía canciones que no eran de mi agrado. Sentía que tenía mucha influencia y siempre creía que eran parecido a algo. Encontrarte es todo un proceso…

¿Y cuándo te encontraste? ¿En ese primer disco?

No, en el 2000. Ahí presenté un disco que nunca salió, que nunca edité. Solo llegué a presentarlo en vivo en Viedma, en un concierto de mis canciones que se llamó Caos. De aquel disco debo haber agarrado dos o tres canciones para Azules turquesas, mi debut discográfico. Ahí fue cuando dije: “Quiero hacer mis canciones, no quiero hacer más covers”.

En la adolescencia, había tenido dos bandas: Marca Registrada y La Bisogna, con las que tocabas versiones. Era el menor de los proyectos pero se las arreglaba para estar al frente.

Laburé muchísimo haciendo covers, mucha ruta. Tuve una banda muchos años que se llamaba Marca Registrada y hacía covers, por eso lo gracioso del nombre. Hacíamos rock de afuera: The Police, INXS, U2, y también nacional: Charly, Cadillacs, Soda, qué sé yo… Tenemos la mala costumbre de decir rock nacional.

Después de eso, dejé mi casa y abandoné la banda de covers, de la que encima yo era el cantante. Me putearon todo. Pero los chabones eran más grandes y ya habían terminado el secundario. Yo era el más chico y mi viejo me dijo: “Andate a estudiar, no te vas a quedar acá con estos vagos”. (Risas) Algo así... Yo creo que fue acertada su mirada: “Hijo, no te quedes acá. Andá a estudiar, o a probar por lo menos”.

Me fui y di con otro pibe que también era de Viedma pero que se había ido a Neuquén (poco más de 500 kms de distancia). En el alto valle había más movida y más laburo. Ahí hacíamos un dúo, con máquinas, con pistas… fue terrible (risas). Llegué a tocar cosas que hoy me harían doler los oídos de escuchar nada más, pero era re laburo…

Cuando hablás de laburo, siempre, más o menos a gusto, lo hiciste dentro del terreno musical.

Sí, intenté eso siempre. Si no hubiese sido músico estaría de todas formas ligado a la música seguro; tendría una pequeña disquería, sería DJ o haría algo para estar cerca de la música porque es lo que más amo en el mundo.

¿Y creés que era porque en tu casa se respiraba un aire artístico (padre músico y madre actriz) o sentís que era una búsqueda personal?

Mi viejo fue músico, ahora medio que abandonó. Pero sí, tuvo bandas de folklore latinoamericano, y cuando era más joven incluso bandas de rock. Claro que tuve mucho de eso. Me acuerdo que ensayaban en casa y, de repente, una habitación se convertía en sala, o el mismo living se convertía en lugar de ensayo; se corría la mesa donde comíamos y después se volvía al lugar. Creo que tiene que ver con eso, y no. A veces uno cree que por los viejos uno es lo que es… Era común sí, que en casa hubiese música. Había instrumentos: bombo legüero, charangos, guitarras criollas, y eran como mis juguetes en ese momento, pero tranquilamente podría haber querido ser ingeniero electrónico. Creo que uno también pone su amor y a mí la música me flasheó de entrada.

Tan convencido estaba de su decisión, que Lisandro se instaló en Buenos Aires, en 2001, en medio de la crisis que atravesó a la sociedad argentina como un hierro hirviendo, dispuesto a probar suerte y, mientras, estudiar algo que le garantizara un ingreso sin salirse del ramo.

De Neuquén me vine a Buenos Aires y me puse a estudiar para maestro jardinero, para dar música en los jardines. Otra vez seguía buscando el oficio vinculado. No terminé esa carrera —hice 2 años y eran 3— porque logré editar Azules turquesas y cuando leí que la Rolling Stone lo había puesto dentro de los 50 mejores discos del año, dije: “Yo me mando por acá, y abandoné”.

¿Tenés idea qué fue lo que tenías que atrajo en primera instancia?

La verdad que no y sí, seguramente el contraste de un disco en calma en medio de un país en llamas. El disco lo grabé con un amigo que es un ingeniero de acá, alucinante. Somos muy amigos, y en ese momento éramos muy compinches. Él estaba empezando y aprendiendo a grabar, así que los dos fuimos medio conejillo de indias del otro. Hicimos ese disco y fuimos probando, experimentando.

Has edificado una carrera enorme en muy poco tiempo. De hecho, el principio parece ya bastante vertiginoso, con un disco en 2004, otro en 2005 e inmediatamente otro en 2007, en los cuales se incluye buena parte del repertorio con el que tempranamente viajaste por la región.

Es verdad, pero todos fueron uno a la vez. Yo era lo que más quería… grabar un disco y que suene bien para mostrarle a mis amigos. Había probado hacerlo con el porta-estudio pero siempre me sonaba horrible. Ese disco, el primero (Azules turquesas, 2004) lo empecé a copiar en CD vírgenes, y le ponía mi teléfono fijo escrito en la contratapa. Aún no tenía celular (risas).

¿Era el prototipo del disco editado lo que copiabas?

No, directamente el master, la mezcla final (risas). Lo copié y entre otros lados, lo mandé a cuatro sellos independientes de Buenos aires. Uno de esos fue Los Años Luz (fundado en 1999). Me guiaba por lo que editaban y esperaba que les gustara o, al menos, que me hicieran una devolución. A los cuatro días cayeron Nani Monner y Javier Tenenbaum a un concierto que yo hacía en Palermo a la gorra, con mis temas. “Vinimos a ver si garpaba en vivo la propuesta, pero estamos decididos a editar el disco”. Y así fue, hice los tres primeros discos con ellos y luego fundé mi propio sello [Viento Azul].

Muy tempranamente, llegaste a nuestro país, escoltado por Jorge Drexler y Paulinho Moska. ¿Cómo valoras con el paso del tiempo aquel padrinazgo?

Sí, el primer concierto que hice allá fue abriendo el concierto de Paulinho y Drexler. Increíble. Pero quiero señalarte que otra persona fundamental para mi llegada a Montevideo fue Valeria Piana (gestora cultural). Ella se puso la camiseta conmigo. “Yo te voy a ayudar a que conozcan tu música acá”, me dijo, y hasta que terminamos haciendo un Solís.

Has tenido varios padrinazgos a lo largo de tu carrera, sin ir más lejos el de Fito Páez, quien te propuso grabar Ese asunto de la ventana, tu segundo álbum, sin costo en Circo Beat. ¿Qué recordás de aquel ofrecimiento?

La conexión con Fito se dio a través de Liliana Herrero, a quien admiro mucho. Fue a un concierto mío como público y tras el show me vino a saludar al camerino. Me hice muy amigo, al punto de haber trabajado como productor de un disco de ella [Maldigo, 2014]. Tras el saludo me dice: “Che, ¿Rodolfo te escuchó?” “¿Qué Rodolfo?”, le pregunté. “Fito”, me dice… Y se llevó un disco mío para entregarle en mano. Poco después me llamó Rodolfo y me llenó de elogios. Para mí, él es uno de mis pilares en la música, sobre todo por eso de mezclar folklore con el rock, pero también fue un músico que usó máquinas. Me dijo que le había encantado lo que hago, que tenía el estudio para usarlo cuando quisiera con la única condición de cubrir el costo de los técnicos que trabajan ahí. Me acuerdo que mi viejo me prestó una guita —que luego le devolví— y yo quemé todos los ahorros. Dos discos grabé finalmente ahí; el segundo, 39 grados [tercero en la discografía de Aristimuño] ya se lo pagué completo (risas).

Siempre grabé en Buenos Aires, salvo un disco en vivo que grabé en Galicia. Las crónicas del viento —que es como el capítulo dos— lo grabé en una casa en vivo, tocando todos los instrumentos. El otro álbum de ese disco doble lo grabé en Circo Beat también.

Ese punto medio entre el pop, el rock, los aires folklóricos y la inclusión tanto de instrumentos clásicos como electrónicos te han posicionado en un lugar casi único en la escena musical argentina. ¿Crees que fue una búsqueda experimental o el resultado casi obvio de tu background musical?

Mira, donde sí pongo o puse mucha energía —y ahora sostengo— es en la independencia y la autogestión. Eso me dio la libertad de hacer la música que tenga ganas, que pueda y quiera; sacar los discos cuando quiera, con la tapa que quiera y las canciones con la duración que quiera (risas) Es primero a partir de ahí; es una libertad que disfruto hasta hoy.

Yo soy melómano, me gustan muchas músicas. No soy un purista. Me gusta mucha música de distintos estilos. Hay algunos que no integro en mi música pero soy súper abierto. Cuanto más collage de estilos y sonoridad, más feliz soy. Me parece que es lo que siempre busqué. Mis ídolos: Peter Gabriel, Paul Simon, David Byrne, todos tienen músicas de todo el mundo. Soy así, me sale así (risas). Si una parte es más rockera, reggae, techno o folk, no tengo ningún problema en ponerla. Al ser independiente, no tengo que rendir cuentas a nadie. Primero lo hago para mí y luego para quienes quieran escucharme.

Si bien tu irrupción fue muy llamativa, para muchas personas de la escena musical argentina, el punto de inflexión en tu carrera fue más adelante, con Mundo anfibio, el disco que grabaste en 2012, hace exactamente una década atrás y en el que reúnes colaboraciones de Mollo, Boom Boom Kid, Hilda Lizarazu. ¿Qué opinas de eso y qué anécdotas recuerdas de aquel trabajo?

Tal como decías, mi carrera fue en ascenso vertiginoso, pero escalón a escalón. Eso es por seguir el camino de la independencia y la autogestión, vas despacio, viendo los resultados… De repente, si grabás con una multinacional, sacás un disco y hacés un River o te meten en todos lados. No digo que esté bien o mal, pero no me gusta para mí. Me gusta ir probando todo. Mundo anfibio llegó en un momento donde yo ya estaba para hacer un Gran Rex. Ya había hecho la Trastienda, el Ateneo, tocado mucho Nicetto. Cuando veía que hacíamos cinco Nicetto, recién nos tirábamos al Rex. Lo mismo pasó con el Luna Park. Era el momento de buscar lugares más grandes. La gente hizo un paralelismo.

Ese disco, además, coincide con el nacimiento de mi hija, por eso se llama Mundo anfibio, por la panza, el líquido… Vino con una energía poderosa, luminosa. Es un disco que quiero un montón. Se juntaron todos los ríos… el nacimiento, el crecimiento y los invitados: Mollo, Nekro de Fun People que es re punk.

Tocar en el Gran Rex fue una locura. Vos lo conocés… ¡Y encima hicimos cuatro!

Sí, ahí vi la presentación de Bocanada de Cerati…

Pah, qué envidia, me la perdí. Ese es uno de los show que me entristece no haber ido. Yo estaba en esa etapa de Neuquén que te comentaba. Sí, Bocanada (segundo álbum de estudio de Cerati, 1999) es uno de mis discos principales.

Dentro de tus influencias es fácil rastrear a Fito, Spinetta, Cerati, pero hay también mucho de Radiohead, Massive Attack e incluso de Tricky en algunas búsquedas más sombrías… ¿Tenés reparos de entrar en las tinieblas?

No, para nada, al contrario. Soy muy feliz en ese mundo dark. Siempre me gustó la música oscurita, esta que te moviliza cosas profundas. Me gusta la música que me emociona y casi siempre es la música más oscura la que lo hace. Esas que mencionaste: Massive Attack, Tricky, Sigur Rós también, mucha música ambiental. Toda esa influencia del trip hop, y de los 90 está en mi música y me encanta confesarlo, no es que lo oculte, es la música que escucho. Radiohead, desde que escuché The Bends me pareció arrollador. Pablo Honey no me pareció tan loco. Pero desde el segundo disco, dije: “Esta banda la rompe”. Y luego con OK computer, Kid A, Amnesiac, fue cada vez más notable. Juego con eso… Hay canciones, como “Lobofobia” o “Comen” —que hice en el último disco con Wos—, que son temas que tienen un poco de bases trip hop

La pandemia atravesó la reciente edición de Criptograma (su más reciente longplay, 2020) y canceló todos tus recorridos artísticos. ¿Cómo lo viviste?

Fue tremendo. El disco se terminó en pandemia. Me quedaban unas canciones sin mezclar, la masterización e incluso en pandemia hice otra canción, se llama “Nido” y habla de estar todo el tiempo en la casa. Creo que la pandemia nos hizo dar cuenta de lo importante que es tu hogar, incluyendo en el concepto también tu cuerpo, donde estas habitando. Lo que hago tiene que ver mucho con lo que ocurre en mi vida.

Fue un disco además en donde te pusiste al frente, escribiendo en primera persona.

Sí, es verdad. Mucha gente me aconsejó no editarlo en pandemia porque nadie lo iba a notar y fue todo lo contrario. Fue enorme la cantidad de gente que me escribió para decir lo importante que fue el disco para sí. Es hermoso porque la gente tuvo tiempo de escucharlo. Quizá lo hubiesen escuchado de otro modo, pero este disco pedía una escucha más atenta. Trabajé mucho los planos, una cosa medio 3D. Al ser independiente y tener mi propio sello dije: “Lo saco igual”. Tenía necesidad de sacarlo además porque si no quedo ligado todo el tiempo a eso. Ya entendí que tenés que desprenderte de la obra, sino empezás a arreglarle cosas, a toquetear, cambiar. Y haciendo un paralelismo es como el escritor que quiere editar ese libro porque ya quiere escribir de otra cosa. Ahora ya estoy con la cabeza en otra cosa. Criptograma es 2020 y me parece ya atrás en el tiempo.

Durante la pandemia se fueron tres músicos riquísimos de la canción argentina: primero Rosario Bléfari, luego Gabo Ferro (en 2020) y más tarde Palo Pandolfo (en 2021) ¿Cómo viviste cada uno de los casos?

A Rosario no la conocí, pero a Palo y Gabo, sobre todo, a Gabo lo quise mucho. Gabo fue un amigo con el compartí un montón de cosas, éramos muy amigos. Siempre nos mostrábamos los discos antes de publicar. Era un hermano mayor. En el ambiente de la música es difícil encontrar amigos, hay muchos colegas, pero él fue un gran amigo para mí. Nunca contó que estaba enfermo, fue una muerte bastante en silencio. La noticia en pandemia fue criminal. Y lo de Palo fue también muy sorpresivo, un talento enorme. ¡Hay que cuidarse un montón!

En ese contexto de confinamiento te pusiste inmediatamente a jugar y explorar terrenos “vírgenes” como los de componer piezas instrumentales y colaborar a distancia con Fernando Kabusacki en un proyecto electrónico, atmosférico, experimental: Ep8. ¿Cómo fue esa experiencia lúdica que terminó redituándoles además un premio Gardel?

Eso fue un regalo de la música. En pandemia, tocando solo en casa re embolado hice bastantes vivos (entrevistas con amigos, artistas) y ponía música. La idea era poder compartir todo lo que escuchaba y recomendaba cosas.

¿Con el fin de salvarle la cabeza a la gente o la tuya propia?

No, la mía. Necesitaba compartir de alguna manera. Una de las músicas que compartí fue Kabusacki y él lo escuchó. Al toque me escribió. Nunca habíamos tenido contacto y éramos re fans uno de otro. A los pocos días, ya en contacto, le dije: “Mira, tengo un montón de bases electrónicas”. Algunas iban a ser canción, pero que nunca había usado, no le había metido melodías o acordes. “Si te copa te las mando y a modo de juego, para no aburrirnos, vos le metes lo que sientas”. Y le empecé a mandar, el ida y vuelta fue una felicidad. Cada vez que llegaba el mail de Kabusacki era como si llegara una carta por debajo de la puerta. Me alegraba todo el día. Lo lindo de ese disco es que quedó tal cual, no hubo sobregrabación ni edición. Este año ganamos el premio Gardel al mejor disco de música electrónica.

La foto de portada vuelve a traerte a Montevideo. Fue sacada en un puesto de juguetes en la feria.

Sí, la saqué yo. El año pasado fui a Tristan Narvaja, y de repente veo una manta llena de juguetes antiguos. Le mostré la foto a Kabu y me dijo. “Sí, buenísimo; completa la idea”. Y era eso, dos niños jugando.

Foto: Valentín López López

Foto: Valentín López López

¿Hablamos de músicos e influencias, llegaste alguna vez a interactuar con Fernando Cabrera?

Sí, somos amigos, hace poco hablé con él. Estuvimos conversando sobre las letras, las canciones… Es muy gracioso, muy irónico, como yo… Nos cagamos de risa porque somos picantes los dos. Lo quiero un montón y admiro mucho. Él siempre tuvo la idea de que yo le produjese alguna cosa. El siempre me halaga la forma en la que arreglo y produzco mis discos entonces siempre me dice: “Tenes que hacer algo con algunas canciones mías”. Y bueno, esperando cuando se dé el momento, a mí me encantaría. Yo, cuando quiera, estoy siempre acá, preparado.

Luego de esa incursión electrónica con Kabusacki decidiste grabar en vivo varias versiones de tu repertorio, en Set1, para llevar en solitario por distintos destinos. Es claro que es producto del confinamiento, pero hoy en día, ¿qué resignificación tiene para ti este abordaje?

Mirá, lo de Set1 fue muy loco. En la pandemia me volví a encontrar conmigo, una faceta que había olvidado de mí. Fue muy fuerte, porque fue como volver a hablarte. Me encanta tocar con la banda, tocar con otros, producir a otros, pero en este disco quería volver a la fuente. Yo arranqué mi carrera con una MacBook y una acústica, una compu y una guitarra. De algún modo, esto fue como decir: “Yo era así”. Había dejado de mostrar ese lado mío más de laboratorio y de productor. En pandemia venía a ensayar al estudio para ejercitar y no perder la articulación de dedos, la voz… Empecé a sacar pedales, ver un montón de tutoriales y me di cuenta que estaba usando solo un 10 por ciento de lo que las maquinas ofrecían. En vez de mirar Netflix, estudiaba todas las mañanas.

Una de esas ocasiones – todo rodeado de equipos, como en una nave espacial – entró mi manager Valentín y quedó impactado con lo que vio. Me dijo entre lagrimas: “Esto lo tiene que escuchar la gente, esto es un show”. Me faltaba estar en bata de pantuflas, todo despeinado… (risas) Y le dije: “Probemos”… El jueves pasado terminó en un Gran Rex agotado, tocando yo solo.

¿De qué se compone tu equipaje instrumental para esta gira?

Mira el set tiene guitarras, de seis y doce cuerdas, un cuatro, y muchos pedales, mucho sampler… Pero no es que yo disparo una pista tipo karaoke sino que improviso mucho en el show. Y ya no hago más eso de loopear – lo hice y me cansó – eso de ir grabando cositas. Yo decía: “Pobre la gente tiene que esperar todo esto para que al final cante”. Qué loco, qué vanidad, miren cómo hago el tema… Yo lo hice, después me di cuenta. Ahora, no, lo que menos me gusta es que hayan cosas grabadas que tenga que disparar sí o sí porque de lo contrario no funciona. Es al revés. No hay nada grabado, tengo todo abierto; disparo lo que quiero en el momento que quiero. Voy jugando… Por eso los shows son todos distintos. La hoja de ruta sería el repertorio, los temas, pero nunca sé cómo los voy a vestir.

Lisandro Aristimuño se presenta el 27 de octubre en la Sala del Museo. La cita es a las 21 h. El valor de las localidades van entre los $1.400 las sillas numerada y los $1.200 de pie. Produce Achicken.