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Música
Desde el alma

Luis Salinas: “Hay músicos que si no tocan se mueren. Yo soy de esos”

El guitarrista argentino vuelve a Uruguay, donde tocará con su hijo —para él “un regalo de Dios”—, y recuerda su relación con los Fattoruso.

15.09.2022 15:29

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2022-09-15T15:29:00
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Por Agustina Lombardi

“Tengo 65 años y voy a Uruguay desde hace 30, más o menos. Siempre me cuesta volver a la Argentina. La frutilla de la torta es ir con mi hijo, Juan. La primera vez que él tocó fuera del país fue en Medio y Medio. Ahora ya tiene 23 años.”

En números, la trayectoria de Luis Salinas es algo así: más de 20 discos, siete premios Gardel, un Konex, dos nominaciones al Grammy Latino. En historias, son varias las que le dan un aura especial a su guitarrística, única. Siempre cuenta que su primera guitarra se la compró a los 27 años, recién a los 27. Mientras, tocaba con las que pedía prestadas por el barrio. Practicaba con la que se le cruzara, de cualquier tipo. De esa forma aprendió a sacarle su propio sonido a las cuerdas, dice. Salinas rasguea con el pulgar, una forma de tocar que lo caracteriza. Nunca se olvida de mencionar lo inspirador que fue para él su padre, “el niño orquesta”. Salinas creció junto con un hombre que, al mismo tiempo, tocaba el hi-hat de la batería, el bombo, la guitarra y la armónica. Otra cosa que repetirá mucho, al menos durante esta entrevista, es que la música es inefable: “Difícil de explicar en palabras”. Por eso tampoco se puede guardar la vez que Rubén Juarez le dijo: “No expliques tanto, tocá”.

Tantos años de bar y escenario le dejan a Luis Salinas muchos historias y números que contar.

Después de dos años, vuelve a Uruguay porque tenía ganas de venir. Salinas se presenta en La Trastienda el viernes 23 de setiembre acompañado de su hijo, Juan Salinas, para tocar juntos toda la variedad de ritmos que toca desde siempre en la guitarra.

¿Con quiénes te vas a presentar?

Primero voy a hacer alguna cosita solo, después con Juan. El invitado de lujo, para mí, es Martín Ibarburu en la batería. Vamos a tocar en trío. Espero que después se copen mis amigos de Uruguay, que admiro tanto. Si no tienen trabajo ese día, espero que puedan ir a compartir.

Contás que una vez fuiste a Neuquén con los Fattoruso sin saber qué iban a tocar. ¿Hasta qué punto podés hacer eso?

Siempre digo que hay músicos a los que les gusta tocar. Otros, necesitan tocar. Otros, no solo tocan, sino que la viven y tocan como quieren. Los Fattoruso son de esos genios. Tocar con ellos dos es difícil de explicar en palabras. Nadie te puede asegurar que mañana a las cinco de la tarde vas a estar inspirado. Pero con ellos sí se puede agarrar y decir: “Subamos al escenario a ver qué pasa”. No se puede hacer con todo el mundo.

Está claro que improvisás en los shows en vivo. Pero ¿cómo usas ese recurso en los proceso de grabación de un disco?

En el disco Salinas, que grabé en Estados Unidos, los músicos no tenían mucho tiempo físico para ensayar varios días. Además, yo no escribo música, entonces ensayar es juntarnos, hacer lo que se pueda y entrar al estudio. A veces se tocaba unas horas y salíamos a grabar. Pero solo se puede hacer con músicos de ese calibre. En general, dejo un espacio para ver qué pasa en el estudio. La improvisación tiene esa cosa del momento. En vivo, puede durar mucho, pero en un estudio los temas son más cortos, hay que tener un poder de síntesis. Pero el mejor momento es cuando la música te lleva, no cuando yo la llevo. Todos queremos llegar ahí, porque es el momento más sublime.

Creo que la música es una energía espiritual, más allá de las notas. Si no, serían notas, nada más. Hay que dejarse llevar, el público no tiene por qué entender de armonías, melodías, ritmo. Pero sabe cuándo el artista es sincero, cuándo está sacando lo que tiene.

¿Cómo viviste no poder tocar durante la pandemia?

Hay músicos que si no tocan se mueren. Yo soy de esos. No poder hacer lo que amo me dolió mucho. Al final del día no sabía si iba a poder volver a tocar en público. Así se vivía acá en Argentina. Cada vez que Alberto [Fernández] decía por cadena nacional que nos quedábamos encerrados 15 días más, a mí me mataba. Era como un puñal. Estuve cien días sin ver a mi hijo. Cuando pudimos encontrarnos fue para hacer un streaming: es una comida sin sal. Me acuerdo de que cuando terminó dije: “Bueno, me parece que alguien me pidió otra, vamos a tocar otra”.

Ya que mencionás a Vitale, ¿cómo nace el disco que lanzaste este año, Salinas Vitale desde el alma?

Está muy linda la historia. Me acuerdo que yo tocaba en un lugar chiquito y la novia de Lito, hoy su mujer, lo llevaba ahí porque le gustaba lo que yo hacía. La relación se empezó a formar y, a veces, yo iba a la casa de Lito a grabar. Un día su papá se pasó por ahí y dijo: “Ustedes deberían grabar Desde el Alma”, el vals. Desgraciadamente, el papá de Lito falleció hace un par de años. Y eso nos quedó por ahí dando vuelta.

Un día, Lito me propuso juntar un par de cosas de ambos y subirlas. Me dijo: “¿Y si grabamos Desde el Alma?” Para mí, ese es el momento cumbre del disco, porque es como si estuviera el papá de Lito ahí escuchando. Tocamos para él.

Para los argentinos, por lo menos, es el mejor vals, el más criollo. De Rosita Melo. Tiene una letra maravillosa. Son de esos temas que nunca van a dejar de estar de moda, un clásico total.

¿Cuál fue el criterio para elegir las canciones?

Yo soy una mezcla de lo que he escuchado de chico, y con Lito somos de la misma generación. Él viene de la música clásica, del rock sinfónico, después se metió en el tango y el folclore. De alguna manera, tenemos una apertura musical que viene de muchos años. Solamente fue elegir los temas que nos gustan sin mucho prejuicio. Juntarnos, tocar y disfrutar la amistad y la música.

Hoy en día tocás con tu hijo. ¿Escuchás la escena musical argentina actual?

Aprendo con él, siempre, porque tiene su impronta y su energía. Es muy abierto. Me gusta ir a la esencia de todo. La verdad es que hay músicos muy buenos. No tienen la prensa que tienen que tener, pero cada vez que hago una gira para algún lado, aparecen unos músicos jóvenes increíbles. Me gusta mucho Hugo Rivas, un guitarrista que toca tango.

En tu trayectoria y proyecto musical, hay una naturalidad a ser un músico instrumentista. ¿Cómo te definís?

Primero que nada, soy un guitarrista. La guitarra es como si tuviera un dedo más. Atrás de eso, está la composición. A veces me preguntan por qué no canto más. Lo primero que hago es agarrar la guitarra, después, con la guitarra en la mano, por ahí canto.

Yo me siento músico que toca la guitarra, y me gusta toda la música. Como decía Camarón [de la Isla], una de las voces más autorizadas para decir esto: “O transmitís o no transmitís”, y la mejor manera de transmitir es hacer lo que uno siente y ama. Dios me dio la posibilidad de conocer a todos los referentes que me gustan; tocarme un candombe con Rada, con Dino Saluzzi un folclore, con Rubén Juárez el tango, blues con B.B. King… Ellos son los maestros que te autorizan a tocar esos géneros.

¿Cuántas guitarras tenés?

Me fui comprando las que necesito, no me parece bueno tener veinte guitarras y no tocarlas. Se ponen tristes cuando no las tocás. Tengo ocho, más o menos: una Ibáñez, dos Gibson, dos españolas, dos electroacústicas… La favorita es la Godin, la primera Godin que tuve. Esa me viene acompañando hace muchísimos años. Por más que te traigan algo mejor, tengo algo con esa guitarra... que solo el violero me va a entender.

¿Cuál fue el último disco que escuchaste?

Lo último que escuché fue un recital de Herbie Hancock en Central Park, una cosa increíble. Tiene como ochenta años. Me volvió loco la verdad, por su vigencia, por la música que está tocando. Con YouTube, gracias a dios, podés ver lo que está pasando hoy. La verdad que se aprende mucho viendo a los chicos nuevos.

Por Agustina Lombardi