Documento sin título
Contenido creado por Manuel Serra
Historias
Comiéndome al mundo

Nueva York: una Gran Manzana cuyo pecado original es ser una maravilla inabarcable

Si el canto de las sirenas encanta a los piratas en altamar, las posibilidades infinitas encantan al mundo entero en esta isla indomable.

05.10.2022 12:11

Lectura: 12'

2022-10-05T12:11:00-03:00
Compartir en

Por Daniela Varela
daniela.varela.martinez@gmail.com

“Love a little bit better and a little bit more than yesterday”, o amar un poquito mejor y un poquito más que ayer, es lo que dice Vince Anderson entre tema y tema. Vince es tecladista y vocalista de Reverend Vince Anderson & the Love Choir, banda que hace 25 años tiene una residencia fija en algún bar de Nueva York. Él es todo un personaje: un tipo barbudo y peludo, que con 52 años recién cumplidos destruye el teclado lunes tras lunes en el Union Pool. Definido como dirty gospel, yo lo describo como una mezcla de AC/DC con coro de iglesia. A los 18 se mudó de Fresno, California, para sumarse al clero en Nueva York y responder a su llamado. Lo que Vince no sabía era cómo la ciudad le iba a dar un giro de 180 grados a su convocatoria divina, y le haría abandonar sus estudios eclesiásticos formales. Lo que él una vez visualizó en una iglesia, con feligreses y una cruz, ahora lo hace todos los lunes en un barsucho abajo de la autopista, con una túnica y un whisky neat en mano. Él entiende que la música lo conecta con lo divino y que al cantar todos juntos y pasarla bien, es difícil entenderse mal o enojarse entre sí. Elige tocar los lunes de manera gratuita porque los lunes son “días difíciles” y si uno se encuentra “financiera o emocionalmente deprimido, tiene un lugar donde acudir”. Y de esta forma, interpelando a una audiencia un poco borracha e igualmente fascinada ante su sabiduría y talento, todos los (no) santos lunes voy a misa a comulgar en un amén poco ortodoxo a ritmo de saxo y guitarra eléctrica.

Nueva York tiene vida propia. Hay pocos lugares en el mundo como esta ciudad. Es una ciudad que todos tenemos muy presente. Aunque no se la haya vivido en carne y hueso —o en pasto y cemento—, las películas y los libros nos la hacen visitar infinitas veces. De todas formas, nada iguala el cosquilleo en la panza y la sonrisa que automáticamente se dibuja en la cara al ver su skyline por primera vez. Y ante esto, ella, iracunda, indomable, sabe que te está haciendo ojitos y te está conquistando de manera inmediata. No por nada uno lee en cada esquina un contundente “I love NY”.

Existen tantos Nuevayores como neoyorquinos. La capital del mundo es la ciudad más densamente poblada de todo Estados Unidos, donde, según Business Insider se hablan más de 800 lenguas, con un PBI anual de $1,5 trillones al 2020. Hay neoyorkinos natos y otros tantos adoptados. Podríamos decir que en este caso, neoyorkino se nace y se hace, por lo que sería posible contar más de ocho millones de historias distintas. Justamente esto es lo que hace de esta tarea algo extremadamente difícil. Pero la solución que me parece interesante es tratar a Nueva York como un ciudadano más. Alguien que, cual ave fénix, se reinventa y renace de las cenizas año tras año. Una ciudad parida sin querer, de una resaca de inmigrantes católicos irlandeses e ingleses evangélicos, acompañados siglos más tarde de académicos alemanes, italianos emprendedores, judíos comerciantes y chinos mercantes que hicieron un caleidoscopio cultural que vive y late hasta hoy en día.

Cada uno de esos neoyorkinos aporta algo que caracteriza a su barrio: música, comida y estilo. Manejan boliches, bares, cafeterías, centros culturales y las típicas bodegas que no son otra cosa más que el almacén de la esquina. Como un cuadro de arte moderno de la colección permanente del MoMA, la piel tatuada cual lienzo de muchos personajes locales, los rostros de los vecinos de un colorido Coney Island o los ingredientes insólitos de un diverso menú de ferias barriales, es difícil elegir una única cosa para describirla en profundidad. Tiene sentido: la perfecta imperfección de cosas inconexas es lo que hace a Nueva York ser Nueva York.

También este es el verdadero filtro de entrada, más allá de las posibles peripecias de migración en el aeropuerto JFK: si bien hay un lugar para todos en Nueva York, uno debe amigarse con esta libertad absoluta de posibilidades para efectivamente pertenecer. Es muy loco porque, a primera vista, uno diría que tiene que ser un delirante, alguien completamente excéntrico y sapo de otro pozo para ser parte de la ciudad de los sueños. Nada más alejado de la realidad. El secreto es ser lo más fiel a uno mismo como sea posible, reencontrarse con esa persona escondida dentro de tantas capas de deber ser y, ahí, finalmente, uno será bautizado como verdadero Newyorker. Por supuesto que esto no es nada fácil, ya que miedos, supuestos y expectativas nos visten cual ponchos, por lo que formar parte de esta ciudad tampoco es algo sencillo. Pero vaya satisfacción y felicidad cuando se es consciente de este proceso sin fin que nos da la bienvenida a la jungla de cemento.

Es fácil y extremadamente tentador caer en el cliché de sus atracciones y edificios para relatarla. Pero, a mi entender, a Nueva York lo hace su gente. Gente que vino a buscar aquello que tanto buscaba, como su carrera, su casa propia, un copiloto de viaje o incluso a sí mismo. Nueva York enseña más en sus callejones que en sus museos o galerías. Nos muestra nuevas formas de paternidades y maternidades, con familias multigeneracionales, multiculturales, coloridas y diversas, llevando nenes a cuestas, a la escuela o a conciertos para todo tipo de bolsillo. Esta ciudad es una oda a la gente, aquella que por sangre o por elección pasa a ser familia. Gente grande con roomates, gente joven viviendo sola, gente queriendo ser otra gente, gente desesperada por conocer gente, gente huyendo de la gente, gente loca, gente linda, gente que grita, gente que se olvida cómo ser gente, gente, gente y más gente.

Lo bueno es que esta ciudad atenta contra todo paradigma y demuestra, una y otra vez, una multiplicidad de verdades tan válidas y reales como las propias. Necesariamente te abre la cabeza. Si la resistís, como la vida misma, te lleva puesto. Hay que amigarse con el oleaje picado, con la ajetreada rutina, o, como le dicen acá, el hustle.

Nueva York es una ciudad hambrienta. Tiene ganas. De comida y de vida. Y guarda que es contagioso. Por eso, Frankie ya lo cantaba: if you can make it here, you can make anywhere. La gente busca el éxito, la fama, el crecimiento, los desafíos. Es esta misma gente que construye su vida, peleando por el peso y por la posibilidad de expresarse ya sea en las urnas, en el arte o en el café de la esquina. De igual manera que nos desafía desarmando las nociones del deber ser, de amor y de familia, la ciudad nos interpela mostrándonos ejecutivos en el subte, vestidos a la perfección pero rockeando unos championes listos para ser cambiados por el más costoso par de zapatos al llegar a la oficina. Son los mismos tech-geeks o financieros que se despiertan antes del amanecer para ir a los gimnasios a transpirar el estrés antes de un necesario café.

Kawfee, como suena con el exagerado acento de Staten Island, es símbolo de Nueva York. Si el inglés es lengua franca, el cup of joe es el segundo idioma oficial. En 1913, un secretario de la marina americana llamado Joseph Joe Daniels, prohibió las bebidas alcohólicas en todas sus flotas. El resultado fue que aquellos soldados americanos que pronto estarían navegando los mares y quisieran consumir una bebida fuerte, se tendrían que conformar con una taza de café, o un cup of Joe.

Si bien podríamos mencionar otros rincones de Estados Unidos, a primera vista, más cafeteros, como Nueva Orleans, con su típico café con chicory, Seattle con su Starbucks original o incluso, yéndonos fuera de fronteras, podríamos argumentar otras naciones tales como Colombia, Italia, Indonesia o Turquía, el café sin duda es la nafta, el gasoil y el refinado más caro que hace mover a Nueva York. Al fin y al cabo, parece que Joe no estaba tan errado. Pensemos un momento: dos de las sitcoms más famosas basadas en esta ciudad, como son Friends y Seinfeld, utilizan cafeterías como punto neurálgico de encuentro en todas sus temporadas para sus personajes claramente neuróticos y estimulados en cafeína. ¿Coincidencia? Lo dejo a su criterio.

Paradójicamente, puede que Joe haya convencido a toda la tripulación y a los personajes de dichas series de que el café era la bebida más fuerte, pero bastante blanditos resultaron los gringos. Gringo es un gentilicio que nace de una palabra mal traducida. De: “Green-Go Home”, el grito que les decían los mexicanos en la guerra de 1846 a las tropas estadounidenses que vestían uniformes verdes. Años más tarde, ya jubilado el decreto del amigo Joe, las nuevas tropas se encontraban en Europa en plena Segunda Guerra Mundial. Pero no había soldado raso que bancara la fuerza del espresso italiano. Entonces, los baristas comenzaron a cortarlo con agua, inaugurando una nueva bebida, el famoso café “Americano”, que básicamente es un café largo y lavado. A mi entender, uno de los mayores fracasos bélicos de este país.

Y Nueva York es una ciudad que no oculta sus fracasos. Por el contrario, actúan como vigas de acero donde se construyen sus rascacielos más altos. Por mencionar algunos, el pobre manejo de la basura, un subte mal mantenido y sucio, el contraste alevoso de ingresos, un racismo sistémico nacional que, lamentablemente, se filtra en la ciudad, o el radicalismo liberal. Pero, claro, sus victorias los opacan y, a cambio, existe un subte que funciona 24 horas todos los días, igualdad de oportunidades ante una meritocracia a rajatabla y la posibilidad de tener un espacio para cualquier tipo de expresión. Nueva York te obliga a fracasar. El fracaso puede ser considerado casi que un rito de iniciación. Te vuelve tough, como dicen ellos, te curte, o te saca callos en el corazón, como dice mi viejo. Y todo eso hace que la victoria se saboree mejor: “Cuanto más altos son los edificios, más aprendes a divertirte en sus sombras”. Es importante reconocer esto, porque solo el fracaso, la pérdida y su desolación te sacuden los cimientos de manera tal que puedas romper los paradigmas que te anclan al suelo y vislumbrar ocho millones de nuevas posibilidades que te ponen a la altura digna de dichos edificios a jugar una revancha. El fracaso, como dicen los yankees, puede ser y, por lo general, es un “blessing in disguise”, o una bendición camuflada, que cual GPS de la vida, nos hace recalcular(nos).

Nueva York somos todos. Es esa persona que un buen día se miró al espejo y tenía más preguntas que respuestas. Es aquel que se animó a buscarlas. Y es aquel que aún si no las encontró —al menos cada vez que parece encontrarlas, se  cambian las preguntas— sabe que de eso va la cosa: del arte de preguntar y de encontrar esa dicha en el hecho de seguir buscando. Y esta búsqueda se hace más amena cuando estamos acompañados. Siempre, pero siempre, juntos es mejor. Me voy a tomar una licencia para celebrar y agradecer a ese grupo de desconocidos variopintos, a esa gente que mencioné al principio, hoy mi tribu y mi familia, formada por marketineros, productores, bailarines, consultores financieros, artistas, músicos y baristas que hacen a mi comunidad en esta ciudad.

Muchas veces estas respuestas aparecen en una sonrisa de un desconocido en el subte, en un buen café, en una mejor charla, en pajaritos que saben silbar exactamente en el momento cuando nos suena una sirena a lo lejos, en un atardecer sobre el Hudson perfilando el contorno de la city o en el constante asombro del tránsito cortado por un rodaje de la serie de turno. Estos hechos nos recuerdan que lo único que puede ser considerado una posible respuesta válida es permitir que la sorpresa nos atraviese. Nueva York es especialista en reformularnos la vida y, como a tantos otros de nosotros, le cambió los planes a Vince solo para mejorárselos.


Nueva York te enamora, te seduce y te desafía. Una mañana te despierta con el mejor beso de tu vida y al día siguiente, pum, te dormiste y te pateó en la frente. Es aquella que te invita —nobleza obliga— a elevar tu juego, a ser tu mejor versión y a apostarlo todo, ya que particularmente en esta ciudad, quien no apuesta no gana.

En una primera instancia, esta ciudad es un caos intimidante. Una locura agotadora. Pero también es de esas locuras que tienen magia linda. Esa que contagia chispas y que te deja anonadado sin saber bien qué pasó. No es muy diferente a un hermoso quilombo de domingo familiar, con el tío borracho, la madrina gritona, los sobrinos inquietos, los primos langas, la suegra densa y el padrino que juega de sabelotodo. Al principio decís “uh, ¿quién me manda venir acá?”, pero, luego, uno se siente tan a gusto, tan rodeado de amor y de posibilidades, que es extremadamente difícil poder decir adiós.

*Daniela Varela es comunicadora, escritora y directora creativa. Entre otras cosas, estudió gastronomía profesional, antropología cultural y periodismo gastronómico. Comparte sus pasiones de viajar, comer y escribir en Bites&KMs. Actualmente, es creativa publicitaria en la ciudad de Nueva York. Es frecuente encontrarla escribiendo sus historias en distintos cafés de Brooklyn.

Por Daniela Varela
daniela.varela.martinez@gmail.com