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Contenido creado por Valentina Temesio
Comiéndome al Mundo
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Turquía: territorio imperial regado por historia y desayunos dignos de dioses

Heredero de tres civilizaciones, el país otomano abre un abanico de posibilidades gastronómicas así como de experiencias memorables.

20.10.2022 14:14

Lectura: 11'

2022-10-20T14:14:00-03:00
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Por Daniela Varela
daniela.varela.martinez@gmail.com

No tenía idea que Troya estaba en Turquía, daba por sentado que estaba en alguna parte de Grecia. A pesar de que gran parte de la literatura, filosofía e historia greco-romana pueda relacionarse en su origen a los poemas homéricos, la ubicación actual de una de sus principales óperas está situada en las tierras que supieron albergar al Imperio Otomano, más precisamente en Çanakkale. Hisarlik, o “lugar de fortalezas”, es el nombre moderno para referirse a lo que era la antigua Troya, también conocida como Ilión, en el área de Anatolia Occidental. Estando en tierras turcas me enteré de esta realidad y ya corta de tiempo, no pude ir hasta el sitio donde hoy hay un triste caballo de madera, atracción turística por excelencia sin mucho más para ofrecer que una foto para el recuerdo. De todas formas, tuve la posibilidad de navegar por el Bósforo, el Mediterráneo y el Egeo, imaginándome en embarcaciones humildes, en aguas transparentes donde era fácil confundirse la tierra con el cielo del Olimpo. Homero fue uno de los primeros y más grandes poetas épicos de todos los tiempos. Supongo que, al vivir cerca de dichas costas, la inspiración no era difícil de encontrar. Mármara, Negro, Mediterráneo o Bósforo, sólo por nombrar algunos, han sido testigos silenciosos para la inspiración del poeta y de la magia de Turquía. Al considerar sus paisajes naturales y su cultura, es entendible porque la tierra turca es uno de los lugares más grandiosos de la globo. Gran-dioso, de enormes proporciones y también de grandes dioses. Me encanta. 

Foto: Daniela Varela

Foto: Daniela Varela

Escribir sobre Turquía significa escribir sobre alrededor de 90 millones de personas, tres grandes civilizaciones, un gigantesco imperio impregnado de cultura y tradiciones, y sobre tantos paisajes como uno se pueda imaginar. Gatos callejeros, mezquitas impresionantes, mujeres musulmanas recatadas en sus atuendos, algunas muy humildes y otras con grandes ostentaciones de joyas. Recuerdo muy bien a una totalmente escondida detrás de su burka, pero lejos de ocultarse, llamaba la atención con sus espectaculares uñas esculpidas, su reloj de marca, perdido entre las tantas pulseras de oro, con lentes negros Dolce & Gabbana originales y mucho bling-bling. La timidez de muchas mujeres contrastaba con el atrevimiento y mirada penetrante del hombre turco, casi que a sabiendas de una técnica infalible puede desnudar a una turista con pantalón y ropa holgada o a una local con túnica y hiyab. Tenían ojos negros, de cejas anchas con pestañas tupidas y largas. Combinaban con el aroma a café recién molido y la humedad del Bósforo. Esta humedad era un regalo cuasi divino, refrescando el calor de un junio con altas temperaturas, calor espeso que se pega en la piel en un Estambul de calles empinadas, escaleras eternas y adoquines marcados por historia que hacen acelerar el ritmo cardíaco de cualquiera, dejando a más de uno sin aliento. 

Al estar de pie en el centro exacto de la mezquita de Santa Sofía, admirando su majestuosidad, pensé en la superposición de culturas y civilizaciones. En esas paredes cascadas, con rastros de textos en árabe entre pedazos de imágenes cristianas, reflexionaba cómo esas paredes, especialmente esa increíble cúpula, fueron testimonio de muchas religiones. Una mezcla de ortodoxos, musulmanes y católicos, que incluso, al día de hoy, incluye y revela una nueva modalidad de culto: el voyerismo de Instagram. Este recorrido por siglos de historia fue rebobinado a una velocidad de mil cuadros por segundo en mi mente; me interpeló de tal manera que me imaginé a todos los dioses, desde el Olimpo de Homero, hasta las distintas versiones de Dios, Alá y Buda, charlando con un café en mano, decidiendo sobre el destino del mundo, creando bocetos y mapas de ruta sobre el porvenir de la humanidad en un papel, el cual doblaron y volvieron a abrir. En el medio de ese croquis arquitectónico arrugado, donde todas las líneas colapsaron y se superponían, iban a establecer Constantinopla, hoy Estambul, ciudad mítica donde los continentes chocan con sus imperios, credos, geografías y culturas. Exactamente ahí, donde se encuentra este monumento tan fantástico e icónico para Turquía y para el mundo, me encontraba de pie, siglos más tarde, tratando de traducir los secretos más íntimos de los dioses que esas paredes me estaban susurrando, entre sonidos de obturadores, súplicas y rezos.  

Ataturk, el gran líder que estableció la República Independiente de Turquía en 1923 y quien se convirtió en su primer presidente, estaría orgulloso de la Turquía actual. Quizás cuestione un poco el contexto de inestabilidad política y el terrorismo que sucede en sus fronteras, pero seguramente tenga una total convicción sobre su gente. Personas que se adentran ya a la segunda década del siglo XXI con su enorme patrimonio cultural, siendo fiel a su legado de Imperio, conquistando los corazones de locales y turistas en todos sus campos de batalla: Bodrum, Pamukkale, Kas, Kaputas, Kapadokya, Antalya, Anatolia, Ankara.

El hermoso paisaje turco no es la única arma con la que este imperio cuenta, tiene una aún más secreta y letal, la cual mucha gente desconoce: su desayuno. A los turcos les encanta comer. Y como el desayuno es la comida más importante del día, saben cómo extenderlo y añadirle variedad. No tiene el marketing del brunch neoyorkino, pero se asemeja bastante. Es un digno festín de dioses. Por supuesto que la inmensidad de regiones hace que cada desayuno tenga sus particularidades y variantes, por lo que, en este caso, es importante especificar que estas observaciones son en base a mis desayunos en Estambul. 

Para empezar, un té bien preparado es una necesidad. El café turco hereda su nombre de esta nación, pero cuando se trata de desayunar, los turcos son definitivamente gente de té. El café está más dirigido a ocasiones especiales, implica un mayor ritual, se lo asocia con lecturas de borra o a indicios de buena fortuna o buen augurio matrimonial. Mi amiga Ayse me contaba que es tradición, una vez que se conoce a la familia del novio, ir a su casa a preparar café, ya que la futura suegra estará juzgando cómo lo hace y si la mujer es o no digna de su hijo al saborear el resultado. Incluso, tienen estas maravillosas e irrompibles pequeñas tazas de vidrio que son los pocillos de té más lindos y ergonómicos de la historia. Los más típicos vienen con un platito muy pintoresco, blanco y rojo con arabescos dorados. Son los que se encuentran en el bar con parroquianos acodados a la barra al igual que en la casa de la abuela. Serán estos los que el vendedor del Gran Bazar usará para golpear al piso, pararse encima y demostrar lo indestructible que son para que el turista los lleve sin preocupación en la valija despachada. Y, por supuesto, son los que se deben incorporar al juego de vajilla de cualquier casa. 

Foto: Daniela Varela

Foto: Daniela Varela

Dicho sea de paso, si uno piensa desayunar en el Gran Bazar, recomiendo pensarlo dos veces. Es un mercado de bienes, no de restaurantes. 61 pasillos con más de 3000 locales, mantiene su fuerte herencia de ser un destino comercial y no de consumo de alimentos. Era, por excelencia, el lugar de intercambio mercantil entre el Imperio Otomano y el resto del Mediterráneo, principalmente destinado a especias y a telas. Hoy por hoy, las especias se encuentran en el bazar exclusivo destinado a ellas, bautizado con su mismo nombre. En él hay que probar los famosos Turkish Delights o bocaditos dulces turcos, que son dignos manjares de un sultán. Hay múltiples marcas y precios, pero todos son deliciosos y están hechos de una combinación de jalea, maicena y crema de tártaro, mezclada con pistacho, esencia o pétalos de rosa, limón, mastica, o canela. Si se vuela a Turquía en Turkish Airlines, y ningún pasajero es alérgico al maní, podrá tener un bocadito del bazar abordo, cortesía de la tripulación y muestra del prestigioso servicio y hospitalidad turca. 

Contrario al imaginario popular, en ninguno de estos dos mercados hay lugares específicos para sentarse a comer. Hay muy pocos restaurantes o barcitos ya que, en aquel entonces, fieles a la tradición, la mujer era quien estaba encargada de la cocina y esto era reservado únicamente para el espacio privado del hogar; mientras que el mercado era el centro del comercio, liderado por hombres de miradas penetrantes y largas pestañas negras. Son mejores los barrios cercanos al río, como Karaköy, Eminönü o Gálata, donde las hermosas vistas abren el apetito y provocan hambre de conocer aún más este grandioso país serán sus anfitriones.

Foto: Daniela Varela

Foto: Daniela Varela

En lo que respecta al desayuno en sí, festín es la palabra que mejor lo describe. Cuando hablamos de lácteos me refiero a quesos y a nata. Sí, nata, leche cuajada o crema coagulada. Si el desayuno es el arma preferida y desconocida de los turcos, esta delicia llamada Kaymak es su Kalashnikov. Kaymak es esta especie de nata procesada, de consistencia cremosa, servida en miel que resulta absolutamente exquisita, extremadamente adictiva y sumamente deliciosa. Su acidez marida perfectamente con lo dulce de la jalea. Realmente no hay quien se resista: cuando se untan juntas en una rodaja de pan fresco, suave, recién cortada y se degusta al calor del sol, junto a los rezos provenientes de las mezquitas, automáticamente uno sabe que fue vencido y se rinde al sabor glorioso de Turquía. 

Un desayuno memorable fue en Capadocia, para mi cumpleaños número 24. Este comenzó muy temprano en la madrugada partiendo del Sultan Cave Suites Hotel. Como su nombre lo evidencia, en este hotel todas las habitaciones son cuevas. Tiene una terraza que popularizó al hotel en Instagram, pero allá por el 2013, lo más similar que había a esta red social era Pinterest. Cuestión que al despertar aún estaba oscuro, eran cerca de las 4:30 de la mañana. Íbamos a desayunar luego de la aventura que dicho día convocaba. Un minibús nos recogió y nos llevó, junto con otros turistas, a un descampado no muy lejos de allí. Al llegar, vimos, oímos y escuchamos lo que tanto nos había entusiasmado: el gas y el fuego de los globos aerostáticos. El canasto era bastante grande, entrábamos como 20 personas y una vez dentro, estábamos listos para el despegue. Recuerdo que nos tocó al lado de unas asiáticas que estaban fascinadas con sus cámaras, maquilladas a la perfección para la ocasión, mientras que nosotros, a duras penas, nos habíamos lavado la cara. Cuando el globo levanta vuelo es casi imperceptible, pero lo lindo es cuando se eleva y dirige hacia el acantilado, volando por los valles puntiagudos de tierra volcánica y formaciones de relieves exóticos. Rojo arenisca, gris azulado, vegetaciones repletas de verdes florecidos dibujaban un caleidoscopio natural que iba cambiando de color a medida que el sol funcionaba de alquimista y lo rotaba para cambiar la vista. A esto hay que sumarle la cantidad descomunal de globos que también se asomaban tímidamente en el horizonte. Fue hermoso. Luego de media hora en el cielo, descubriendo paisajes, escuchando las bombas de gas para subir o bajar de altura, y comenzar a sentir el calor del sol en el cuerpo, era hora de descender. Una vez en tierra, el desayuno que nos aguardaba poco tenía de turco, salvo la maravillosa hospitalidad, pero fue una increíble sorpresa: consistió en champagne y una torta con velitas, mientras todos los extraños se tornaron en amigos y me cantaron el “Happy Birthday”, brindando conmigo. 

Ellos brindaban a mi salud y yo brindaba por este maravilloso país, donde cerca del mar, en la mezquita, a la mesa o levitando en el cielo, en Turquía uno se sienta, codo a codo y en primera fila, con los dioses. 

*Daniela Varela es comunicadora, escritora y directora creativa.  Entre otras cosas, estudió gastronomía profesional, antropología cultural y periodismo gastronómico. Comparte sus pasiones de viajar, comer y escribir en Bites&KMs. Actualmente, es creativa publicitaria en la ciudad de Nueva York. Es frecuente encontrarla escribiendo sus historias en distintos cafés de Brooklyn.

Por Daniela Varela
daniela.varela.martinez@gmail.com