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Contenido creado por Federica Bordaberry
Teatro
La rueda inexorable de la cultura

Un concepto en movimiento: las industrias culturales y el Ballet Nacional del Sodre

"Me gustaría pensar ese lugar de las industrias culturales y creativas, y el rol que le/nos damos en el entramado social y económico".

21.03.2022 11:39

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2022-03-21T11:39:00-03:00
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Por Martín Inthamoussú

María Noel Riccetto se retiró de los escenarios en diciembre de 2019. Siempre había soñado con bailar Manón, un rol de una demanda emocional altísima y con una gran coreografía. La función estaba más que agotada, hacía años que la gente iba a la boletería a comprar entradas para cuando bailara “La Riccetto”. Así la llamaban. Ese día no fue la excepción, casi 2.000 personas terminaron aplaudiendo de pie y aún todos recordamos ese momento en que se quitó las zapatillas de puntas y el teatro aplaudía emocionado.

Aunque también recuerdo ver a María Noel en el Auditorio Nelly Goitiño a finales de los ´90 bailando una coreografía de Rodolfo Lastra con música de Bach y tener espacios vacíos en la platea por la falta de públicos.

¿Qué pasó desde aquel momento hasta este? Me gustaría pensar ese lugar de las industrias culturales y creativas, y el rol que le/nos damos en el entramado social y económico en el que vivimos.

El Ballet Nacional del SODRE fue creado por resolución del Consejo Directivo el 27 de agosto de 1935. Su estreno fue el 23 de noviembre del mismo año, bajo la dirección del Maestro coreógrafo Alberto Pouyanne, con la obra Nocturno Nativo con música de Vicente Ascone. De esta manera, comienza una historia ininterrumpida que, dada su proyección e importancia, no es solo la historia de un conjunto oficial. Abarca casi toda la danza de nuestro país. Hoy el Ballet Nacional del SODRE (BNS) se encuentra bajo la dirección de María Noel Riccetto, quien se desempeña en el cargo desde el año 2021.

Desde la llegada de Julio Bocca, el BNS ha estado en el apogeo máximo de su historia. Sus temporadas llegaban a vender aproximadamente 20.000 entradas antes de la pandemia, colmando la sala Fabini del Auditorio Nacional y transformando lo que por mucho tiempo era un arte elitista, en algo un poco más popular.

Estos términos necesitan de un contexto y claramente tienen, en este caso, una razón política que, a luz de los conceptos de Adorno, podremos poner en valor para analizarlos un poco más.

“Entiéndame bien. No quiero garantizar la autonomía de la obra de arte como reserva, y creo con usted que lo aurático en la obra de arte está a punto de desaparecer; no sólo mediante la reproductibilidad técnica, dicho sea de paso, sino sobre todo por el cumplimiento de la propia ley formal autónoma (…) Pero la autonomía, es decir, la forma objetual de la obra de arte, no es idéntica con lo de mágico que hay en ella: igual que no se ha perdido del todo la objetualización del cine, tampoco se ha perdido la de la gran obra de arte.” (Adorno, T. 1995. p.14). 

Theodor Adorno (1903-1969) es un filósofo alemán de origen judío y uno de los máximos exponentes de la Escuela de Frankfurt y la teoría crítica de inspiración marxista. Proveniente de una familia muy bien posicionada, económica y socialmente, Adorno llevó adelante una destacada carrera académica. Escribió sobre teoría musical, teoría literaria y filosofía.

Entre sus obras más destacadas está la Dialéctica de la Ilustración , junto a Max Horkheimer. De acuerdo con dicha propuesta de pensamiento, los excesos de la razón dominadora han acabado dando una prioridad absoluta a la razón instrumental, es decir, a una razón que se aplica a los medios (la tecnología, el entramado industrial, la sociedad administrada), pero que ha perdido completamente de vista los fines esenciales que ha de perseguir el ser humano y a los cuales debería estar subordinada la tan ensalzada razón. En esta obra introducen el concepto de "industria cultural" con el que definen la progresiva valorización y mercantilización de la cultura.

El capítulo sobre la industria cultural de la Dialéctica de la Ilustración lleva por título «La industria cultural: Ilustración como engaño de masas». Escrito a comienzos de los años cuarenta, este ensayo estaba dirigido contra la creciente influencia de la industria del entretenimiento, contra la comercialización del arte y contra la uniformización totalizante de la cultura. Su posición hacia los nuevos medios llevó a los dos autores a describir un amplio espectro del ámbito cultural por medio de un concepto que parecía el más ajeno a las esferas culturales: definieron la cultura como industria.

Aparece aquí un concepto inquietante y es el de una industria de bienes y servicios respondiendo a un mercado. También inquietante es el concepto de entretenimiento como algo opuesto a la cultura.

Los autores afirmaban “la sociedad de masas es un síntoma de una era degradada en la que el arte sólo es una fuente de gratificación para ser consumida, establecen que la autonomía de las obras de arte, que ciertamente no ha existido casi jamás en forma pura, y ha estado siempre señalada por la búsqueda del efecto, se vio abolida por la industria cultural” (Adorno, T y Horkheimer, M. 1998. p.165). 

Moviéndonos en ese punto de vista que casi que demoniza la posibilidad de masificar el consumo de bienes y servicios culturales, me pregunto si realmente en el ejemplo del Ballet Nacional estamos ante lo que los autores sospechaban que podía llevar a cierto tipo de manipulaciones que producen la masificación a partir de la suspensión de la reflexión crítica, la homogeneización del gusto y la reproducción de una versión de la realidad.

¿Cuál es el cambio conceptual? ¿Qué debemos proponer quienes estamos al frente de programaciones como un bien cultural que todos los uruguayos y uruguayas necesitan consumir? Uso la palabra necesitar porque esa es la palabra que se ha llegado a escuchar entre los espectadores, necesitan ver este fenómeno. Para pertenecer a la comunidad, para poder posicionarse en un lugar de poder en relación a sus pares. Consumir ballet clásico ya no es para una élite, es supuestamente para todos y todas.

El valor de la obra de arte ya está más relacionado a la experiencia del consumo, del poder luego situarse en el grupo de los consumidores, grupo que ya no es selecto, pero aún así da un status y establece un vínculo con el resto de la comunidad.

En palabras de Adorno, lo que la Industria Cultural elucubra no son ni reglas para una vida feliz, ni un nuevo poema moral, sino exhortaciones a la conformidad a lo que tiene detrás suyo los más grandes intereses. El consentimiento que publicita refuerza la autoridad ciega e impenetrada, busca el estímulo y la explotación de la debilidad del Yo, a la cual la sociedad actual, con su concentración de poder, condena de todas maneras a sus miembros. Impone, sin cesar, los esquemas de su comportamiento.

Es un espectador pasivo, no activo, no emancipado en palabras de Ranciere. Este círculo vicioso infinito de la promesa, que proyecta un deseo y lo mantiene en una forma de dependencia improductiva, constituye el núcleo de la idea de industria cultural como instrumento del engaño de masas. Para Adorno y Horkheimer los productos de la industria cultural están constituidos de tal forma que niegan o incluso impiden cualquier tipo de capacidad imaginativa, de espontaneidad, de fantasía o cualquier otro tipo de pensar activo por parte del espectador. Esta forma de consumo pasivo está correlacionada con la tendencia de la industria cultural a elaborar un meticuloso registro del público y a trabajar estadísticamente sobre él: “Reducidos a material estadístico, los consumidores son distribuidos sobre el mapa geográfico de las oficinas de investigación de mercado, que ya no se diferencian prácticamente de las de propaganda, en grupos según ingresos, en campos rojos, verdes y azules” .

Casi setenta años después de la introducción de estos términos por parte de Adorno y Horkheimer el concepto de industria cultural o industrias creativas, ya no son ajenos o cargados negativamente, lo cual hace pensar que ese sentido de la producción de bienes culturales ha llegado a ese punto.

Las políticas culturales hoy en día se acercan más a entender la cultura como como productoras de conocimiento y entramados sociales que es transversal a todos los aspectos de una sociedad. Establecer que la cultura es el recreo del pueblo es una posición política que se aleja de una visión emancipadora de la población. Las políticas culturales deben apuntar a la diversidad de bienes y servicios que reflejan claramente la diversidad de subjetividades en los receptores.

Los receptores, vistos como consumidores, no son una sola masa normalizada, estandarizada y consumista de productos en serie. El aparato de la industria cultural se correlaciona con el aparato-persona. Es por esto mismo que la visión crítica de la cultura es clave y vital en Uruguay y en el mundo. Pensar la cultura como espacio de construcción de subjetividades es abrir la posibilidad a darle fin a la homogeneización del consumo cultural. Hay consumos masivos y de los más pequeños y todos deben tener lugar.

Allí podemos entender a una compañía como el BNS dentro del sistema, así como a otros creadores fuera del mismo. La industria cultural debe promover y legitimar a la diversidad y no sólo a las que están dentro y de esta manera seguir solamente alimentando el éxito de la hegemonía. La producción creativa que genera propiedad intelectual, en el rubro que sea, debe aportar a romper con esa gran división entre cultura y entretenimiento.

Bibliografía:

Adorno, Theodor W. (1995). Sobre Walter Benjamin. Ediciones Cátedra S.A. , Madrid

Adorno, Theodor y Horkheimer, Max. (1998) Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos Trotta, Madrid

Martin Barbero, J. (2003). Comunicación y cultura: una relación compleja, en Portal Moreno, R (ed): Comunicación y comunidad. La Habana, Cuba: Félix Varela

Martin Barbero, J. (1987). De los medios a las mediaciones, Barcelona, España: Gustavo Gili

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Martin Inthamoussú, uruguayo, es gestor cultural. Licenciado en Teoría de las Artes Escénicas por la Universidad de Manchester, UK y Magíster en Comunicación, Recepción y Cultura por la Universidad Católica del Uruguay. Tiene, además un MBA de la misma institución.

Fue el fundador de la División Danza Contemporánea de la Escuela Nacional de Danza del SODRE y, en esa institución, es actualmente el Presidente del Consejo Directivo. Es Coordinador del Diploma en gestión Cultural de la Universidad católica del Uruguay.

Es, además, becario de la Universidad de Maryland en Estados Unidos por el período 2019-2022.

Por Martín Inthamoussú