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Contenido creado por Manuel Serra
Comiéndome al Mundo
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Viaje a Myanmar: la tierra del té colonial, servido con sonrisas rojas y rostros dorados

El Londres de las Indias Orientales preserva su encanto entre innovación, religión y decadencia. Y allí Orwell escribió uno de sus libros.

21.09.2022 13:29

Lectura: 13'

2022-09-21T13:29:00
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Por Daniela Varela
daniela.varela.martinez@gmail.com

Me siento George Orwell mientras escribía Los días de Birmania, allá por 1934, junto al río Yangón. Salvando los cinco años que los separaban, me gusta imaginarlo guiñándole el ojo a su colega Hemingway, en La Habana, del otro lado del mundo, brindando con un trago acodado en la barra del Hotel Strand mientras que Ernest hacía lo suyo, mojito mediante, en el hotel Ambos Mundos. Aunque mi estancia en Myanmar no fue tan elegante como la suya, hice una rápida escala en dicho hotel donde el escritor se hospedaba, para obtener la misma inspiración. Si bien son zapatos que me quedan gigantes, me animé a pedirme ese trago y a viajar dentro de mi viaje, imaginándome esas conversaciones con alcoholes on the rocks y mucho olor a tabaco.

Yangón (antigua Rangún, capital de lo que supo ser Burma) es una extraña mezcla de pequeñas historias de la historia: colonia británica, parte del British Raj, o la colonia inglesa en las tierras de India y zonas aledañas, breve invasión japonesa, ocupación militar y conflictos entre la religión budista y musulmana que persisten hasta hoy. Cuando uno se para en el medio de Pandosan Street es imposible no revivir sensaciones del resto del sudeste asiático que colapsan de manera única en el corazón de Yangón. Por ejemplo, el notorio tráfico de Saigón y los cables tornados cual spaghetti, las montañas de pimientos picantes y las estupas doradas tailandesas, el pollo con arroz característico de Singapur, los aromas de los curris indios y las ruinas camboyanas se mezclan con las caras doradas con sonrisas rojas, únicas de los birmanes.

Esta maraña histórica y cultural me resulta tan intrincada como fascinante. Soy muy afortunada de haberlo experimentado de primera mano. Myanmar es una tierra mágica y de ensueño. Independientemente de su crisis política y social, durante los últimos siete años los birmanos han superado todos los desafíos con gracia y espíritu.

Myanmar es la tierra en donde lo desconocido se torna familiar. Se vuelve conocido porque, a pesar de la clara y evidente diferencia existente entre uno y los locales, su amabilidad es tal que trasciende la barrera idiomática. Uno se siente bienvenido y comienza a formar parte de dicho mundo casi al instante. Es el país de caras doradas, sonrisas genuinas y hombres vistiendo faldas largas, lleno de lugareños amables cantando en voz alta montando sus bicicletas, escupiendo tabaco rojo alrededor, con perros callejeros tan pacíficos como sus monjes, con ardillas de cola larga que saltan de árbol en árbol y lagartijas tornasoladas cuasi azul brillante.

Sus caras son doradas porque están pintadas con thanaka, una mezcla de corteza molida del árbol de su mismo nombre con agua y aroma a sándalo, que funciona como protección solar para niños y adultos por igual. Los hombres visten falda, correctamente llamadas longyi, una adaptación budista del sarong malayo. Sus sonrisas son rojas de tanto mascar chicles kun ja, una mezcla de tabaco, nuez de areca y cal, envueltas en hojas de betel.

Desde Yangón a Bagan, el calor, la tierra, los olores, las sonrisas y la paz lo siguen a uno cual sombra. Quizás sea este el conjunto de sensaciones que logra ese sentimiento de pertenencia y familiaridad. Myanmar es un país que abraza y lo hace de una manera estimulante y multisensorial. Las pequeñas campanas que cuelgan en la parte superior de las estupas, sonando notas mágicas al ritmo del viento, encantan al ambiente como si fuera el mismísimo Buda respondiendo a las plegarias de la gente.

Seguramente toda esta experiencia esté teñida no solo de thanaka sino por mi cabeza y corazón. En ese momento, viajé para encontrarme, para sorprenderme y para sanar. Me estaba replanteando mi relación amorosa y mi desarrollo profesional. Estaba buscando respuestas a preguntas que ni yo sabía que tenía. Fue el inicio de una rehabilitación larga, dura, pero sin dudas transformadora. Lo llamé viaje emancipatorio, porque más allá de arreglármelas sola, iba a tener que dejar viejos modelos detrás y reinventar nuevas maneras, no solo de viajar, sino, fundamentalmente, de ser. No es casualidad que haya elegido ese destino para lograr dicha emancipación: el pueblo birmano hoy en día sigue luchando por su libertad, algo tan simple y gigante como el poder elegir cómo vivir.

Myanmar es viejo, lluvioso, húmedo, sucio e igualmente maravilloso. Y aquí no estoy siendo irónica. Esta impresionante mezcla de adjetivos es lo que lo hace increíble. Al llegar a su aeropuerto, parece que se ha roto la barrera del tiempo y del espacio, aterrizando en un aeropuerto pequeño, antiguo y alejado en el medio del campo. Un vestigio de época aún más antiguo que dicho aeropuerto es el sistema de trenes del país, testigo de la presencia inglesa durante los siglos XIX y XX.

Yangon Circular Railway es la red local de trenes que sirve al área metropolitana de Yangón. Operado por Myanmar Railways, el sistema de bucle de 45,9 kilómetros con 39 estaciones conecta ciudades satélites y áreas suburbanas con la ciudad. Su recorrido tarda tres horas aproximadamente en completarse y es una manera excepcional de vivir, ver y conocer la vida en Yangón. El ferrocarril es muy utilizado por los viajeros de menores ingresos, ya que es, junto con los autobuses, el método de transporte más barato en la ciudad.

El tren tiene un recorrido circular, en una pista doble con 15 salidas al día donde vendedores ambulantes suben y bajan entre paradas vendiendo frutas, nueces, kun jas y otras delicatessen. No contaba con suficiente tiempo en Yangón para dedicarle las tres horas que merece, por lo que decidí ir del aeropuerto a la ciudad en tren y disfrutar de una breve muestra de su experiencia durante 45 minutos. El aeropuerto está por fuera del circuito del tren, por lo que es necesario tomar un taxi hasta la estación de tren más conveniente, llamada Mingalardon. Waibargi es la más cercana, pero los lugareños recomiendan la otra. Una vez allí, solo se tiene que ir al mostrador de boletos y le dirán en qué dirección debe abordar. Fue muy fácil y casi planeado: tan pronto como conseguí mi billete, el tren se acercaba; mi aventura orwelliana estaba a punto de comenzar.

Al subir me transformé, automáticamente, en el centro de atención. Todo el mundo me miraba de la misma forma en que nosotros vemos a un monje caminar por una ciudad cosmopolita, mientras yo llevaba mi pequeña mochilita a cuestas, devolviendo sonrisas cual vedette de carnaval, sintiéndome muy cómoda. Recorro los vagones. Veo a los niños jugar, a los hombres dormir, a monjes mascando hojas de betel y escupiendo sus restos, a las mujeres pelando fruta. Me detengo en una entrada sin puerta y me siento en sus escalones mientras veo el verde de la jungla birmana pasar frente a mí a una baja velocidad, pero suficiente como para que la humedad y la llovizna salpiquen y me mojen la cara, cual bautismo de bienvenida. Me quedé ahí un buen rato, pensando, conociendo, admirando y agradeciendo. Decidí volver a la realidad que estaba sucediendo dentro del vagón. Cruzo al siguiente, veo al guarda mirando para afuera, probablemente también disfrutando de la brisa húmeda que yo misma experimentaba hacía segundos. Una pareja local —que estaba durmiendo, atravesando todo el asiento— se despertó y se movió voluntariamente, de manera muy amable y entusiasta, para dejarme un lugar e invitarme a sentarme con ellos. En un tímido y limitado inglés me preguntaron de dónde era, si estaba casada, dónde vivía y cuánto tiempo iba a quedarme allí. Con una curiosidad digna de un niño, entendible luego de la reciente apertura al mundo de su país, el interés en la conversación creció y otros pasajeros escuchaban atentos, mientras que el señor de la pareja me preguntaba sobre Uruguay, pidiéndome ver cómo eran los billetes y monedas que lamentablemente no pude mostrar ya que no tenía ninguna. Me comentaba que, si bien gustaba mucho del fútbol y conocía nuestra performance, no se jactaba de su habilidad ni de la de sus compatriotas asiáticos ya que se atribuía una cualidad que supongo Messi desaprobará: ellos son bajos, por lo que tienen piernas cortas, no privilegiadas para dicho deporte. Fue una conversación tan amena como agradable.

Al llegar a destino, le pregunto cómo se dice gracias en birmano y en seguida estreno mi escueto conocimiento con el mismísimo profesor: ¡Ce Zu Ba, amigo mío! Yo ya estaba enamorada de este país cuando finalmente llegué a la estación central y leí este increíble letrero: “warmly welcome and take care of tourists” (dé una cálida bienvenida y cuide al turista).

Aunque esta puede ser considerada como una inusual atracción, al bajarme en la estación central no había absolutamente ninguna otra persona occidental o turista. Al comenzar a caminar, veo a otras dos mujeres mayores y a un chico joven, los tres con pinta de estar aún más perdidos que yo. No tenía ni internet, ni un mapa, ni idea de a dónde iba, ya que esa misma tarde me tomaba un ómnibus nocturno a Bagan, por lo que ni siquiera tenía una referencia de algún hotel. En una conversación de tres breves interacciones con un taxista que estaba parado, logré entender hacia dónde ir. La conversación, que fue prácticamente un monólogo, fue algo así: Downtown, sir?, seguido de unas señas con el brazo hacia una calle concurrida, concluyendo con un ya aceitado ce zu ba de mi parte.

Arranqué a caminar siguiendo las indicaciones del amable taxista y confiando ciegamente en mi intuición, para terminar en una de las principales arterias de la antigua Rangún, Pandosan Street, la cual me dio la más icónica muestra de la ciudad: cables enredados en los postes de luz, calor sofocante, sudor en la frente, lluvia intensa que invitaba a los vendedores ambulantes a abrir sus sombrillas de colores o a correr y buscar refugio. Yo abrí mi paraguas y continué mi expedición. Caminé y caminé, asombrada por las ruinas de lo que solía ser el Londres más elegante de las Indias Orientales. Los rastros británicos actuales están escondidos bajo grandes carteles de venta de electrodomésticos o de paquetes de telefonía y datos, y en otros casos parecía que la naturaleza había cobrado vida, cual Jumanji, y se apoderó de la arquitectura: pedazos de troncos, raíces a la vista y selvas enteras que entran y salen de ventanas al azar, entremezclándose entre tuberías y grietas de los edificios. Quedé fascinada, casi al borde de la hipnosis. Pintura descolorida y descamada, detalles de mampostería rotos y devenidos, de cierta manera decadentes y tristes, pero testigos silenciosos del esplendor y potencial de esta ciudad que lenta y seductoramente se me iba presentando.

Me detengo en el semáforo para cruzar la calle, momento en que descubro que dicha calle es Maha Bandula Street y me sorprendo al ver el bellísimo contorno de la Pagoda Sule, con más de 2500 años de antigüedad cuyo esplendor está intacto. Dudo si visitar la pagoda ahora o continuar mi exploración de Pandosan Street y me decido por la segunda, ya que visitarla implicaría descalzarme un día de lluvia, lo que significaría estar resfriada por el resto de mi estadía. Tomé notas mentales de su ubicación para visitarla a mi retorno de Bagan, cuando pasaría más tiempo en Yangón. Por supuesto que al caminar dos cuadras más, la lluvia no escampó, sino que, por el contrario, se intensificó. Me resguardo en un toldito que termina siendo la ventana del Rangoon Tea House.

Las casas de té son una institución en Myanmar. Vestigio de la mezcla asiática con la india durante tiempos coloniales, las mesas al aire libre con pequeños asientos eran los lugares obligados para charlas filosóficas, cuestiones políticas, negocios y buenos ratos. Rangoon Tea House hoy es una versión más sofisticada de las antiguas casas de té, pero fiel a su cocina y a sus tradiciones, ofrece recetas milenarias y 16 tipos distintos de té. Veo que ya van a ser casi las 2 de la tarde y aún sin almorzar, consideré ir en busca de aquello que había leído pero que todavía no había probado: mohinga.

Mohinga es un plato tradicional birmano, generalmente servido para el desayuno. Pero cada vez más, tiene mayor aceptación durante el resto del día y casi, casi, se considera un snack, como una comida al paso cual milanesa al pan para los uruguayos, ya que a todo el mundo le encanta. Es abundante, sabroso y local. En definitiva, es todo lo que se necesita para obtener una experiencia práctica y deliciosa de la cocina birmana. Me siento y mientras ojeo el menú (por cortesía y curiosidad, ya que estaba decidida a probar mohinga), el chico que está sentado a mi derecha me empieza hablar. Resulta que Eric es un joven politólogo de Indonesia y al igual que yo, vive en Singapur y está haciendo tiempo mientras la lluvia escampaba. 

Se necesita coraje para pedir mohinga. Básicamente, es una sopa de pescado orientada al desayuno, uno digno de campeones. Se marinan el bagre y el congrio, se mezclan con vermicelli de arroz, salsa y pasta de pescado, jengibre fresco o en polvo, tallo de plátano, cidronela, cebolla, ajo y harina de garbanzo, y se sirven acompañados con unas tortillitas de arvejas, huevo de pato, calabaza y cebolla. Por si fuera poco, por supuesto que se acompaña con té, la especialidad de la casa: la phet yay, o té birmano. El té se prepara como lo que nosotros conocemos como té a la rusa, es decir con leche. Ellos hierven las hojas de té al vapor, lo mezclan con leche en polvo y leche condensada. El proceso de condensación y cocción hace que la leche se queme, se cuaje y forme nata, llamada malai, la cual forma parte del trago, otorgándole sabor y textura, considerándolo una verdadera delicatesen. Aunque suena como cosa totalmente inaudita, resulta extremadamente maravillosa y sumamente disfrutable. La mezcla de las hierbas del chai con el sabor suave y dulce del cardamomo es particularmente mágica, que sutilmente apacigua lo cítrico e intenso de la mohinga. 

Estuve más de dos horas en ese restaurante. Pasaban películas antiguas, en blanco y negro, ambientadas en el sudeste asiático con una agradable música de fondo. Con Eric compartimos historias sobre la realidad política de Sumatra y de Uruguay, haciendo honores a los temas que se charlan desde hace siglos en las casas de té. Hemingway decía que vivimos esta vida como si lleváramos otra en la maleta. El secreto está en que nuestra mejor versión, esa que disfruta de la brisa lluviosa en la cara, no quede archivada en aduanas por olvido, sino que sea la que nos viste todos los días, honrándola con charlas en casas de té. Por suerte, si bien no escribí una novela como Orwell, me vestí de vida como su colega recomendó y disfruté tanto de este rincón del mundo como seguramente George lo hizo. 

*Daniela Varela es comunicadora, escritora y directora creativa. Entre otras cosas, estudió gastronomía profesional, antropología cultural y periodismo gastronómico. Comparte sus pasiones de viajar, comer y escribir en Bites&KMs. Actualmente, es creativa publicitaria en la ciudad de Nueva York. Es frecuente encontrarla escribiendo sus historias en distintos cafés de Brooklyn.

Por Daniela Varela
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