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Cine
Mi nombre es...

Vikingo pop: la moda de los hombres del norte o la versión sexy de la barbarie

Hipótesis sobre el fanatismo por los héroes escandinavos, la diferencia con la historia real, y algunas recomendaciones de cine.

07.05.2024 15:10

Lectura: 10'

2024-05-07T15:10:00-03:00
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Por Rodrigo Bacigalupe
   rodri...@gmail.com

La estructura traición/venganza, aunque puede ser útil y funcional para el género de acción, luego de repetida un par de veces resulta, cuanto menos, previsible. Por lo tanto, como dicen hoy en día ciertos jóvenes: “te la baja”. Valhalla Rising (2009) es previa, en buena medida, a ese resurgir de la moda por lo nórdico/vikingo que paradójicamente su título sugiere.

Fijamos arbitraria pero no descabelladamente el nuevo despertar de la moda vikinga en un punto concreto, la primera de la tetralogía de Marvel protagonizada por Chris Hemsworth, la que lleva, a secas, el nombre del dios del trueno, Thor (2011).

A esta le suceden Un mundo oscuro (2013), Ragnarok (2017) y la bizarrísima (en el sentido contemporáneo del término) Amor y trueno (2022). En todas ellas su título está encabezado por el nombre del mencionado dios que porta el Mjölnir (su martillo).

La propia Valhalla Rising tiene como protagonista a uno de los mejores actores de los últimos tiempos, al danés Madds Mikkelsen. La firma Nicolas Winding Refn, hoy en día un director de culto que supo retratar como pocos el lado oscuro de la sociedad danesa y su estado de bienestar. Aquí se va mucho más atrás en el tiempo. La acción está ambientada en plena Edad Media, en algún lugar de la península escandinava.

La trama está construida de manera tal que se intercalan los sueños premonitorios del ¿héroe? con los eventos ocurridos. Algunos de ellos, intencionalmente desordenados mediante el uso de flashbacks. Un personaje principal que, como el mandamás de los ases nórdicos —el dios Odín— ha perdido un ojo, lo que, además de representar un potencial paralelismo con esta deidad, le granjea el nombre improvisado, pero previsible, de One Eye. Aunque, a diferencia del dios, del que se cuenta que hablaba en verso, el personaje interpretado por Mikkelsen no dice ni mu.

Sin spoilear demasiado, lo que para algunos puede parecer lentitud, se ve compensado con momentos de extrema y cruda acción (aunque verosímil por falta de fisuras al respecto), y de una fotografía excelente (siempre la manía de compartimentar el cine, dirán ustedes). Lo cierto es que los paisajes que se suponen nórdicos lo son, pero, en parte, ya que el film contiene a través de ellos una sorpresa con ecos de la película Apocalypto (Mel Gibson, 2006), posible influencia de aquella, sobre todo en su revelación final.

Aunque a los efectos de la captación de público espectador los errores en las referencias históricas son siempre un daño colateral para las grandes productoras, no por eso hay que acometer el visionado con una pasividad total sin cuestionarse absolutamente nada de lo que nos venden.   

Otra más de las clásicas peleas entre la Historia (con mayúsculas), si es que aún podemos hablar de ello, y la historia como narración. Lo que en inglés se diferencia tan claramente entre history y story, y, en nuestra lengua resulta otra paradoja por su carácter ambiguo. La historia de la serie, con muchos bemoles a poner entre pinzas, trata de la vida y gestas del héroe nacional danés, Ragnar Lothbrok, a quien conocía de antemano, como tantas cosas, gracias al maestro Alejandro Dolina.

En esta se plantean varias lesiones al discurso histórico/legendario más o menos consolidado, inspirado en sagas alusivas a Lothbrok como se cuenta en la célebre Gesta Danorum del cronista Saxo Grammaticus (s. XII. a. C). Probablemente esto suceda porque para sostener esa trama de traiciones y venganzas, la invención de parentescos que entrarán en disputa nunca es suficiente y, mientras más cercana es la traición en las ramas del árbol genealógico, más morbo dará.

Una de las faltas groseras es la presentación del primer duque de Normandía, Rollo —Hrolf Ganger, en nórdico antiguo—, apodado el peregrino o el caminante (por su tamaño ningún caballo lo aguantaba), como hermano del protagonista, con quien no tuvo lazo fraternal alguno, según ha comentado en más de una ocasión el historiador coloniense Sebastián Rivero Scirgalea. Además, dice el historiador, que el manejo del periodo enmarcado por las invasiones a Inglaterra, al norte de la isla (Nortumbria), comienza en el siglo VIII, con sus fases más intensas en las siguientes centurias. Pero esto no es aclarado en la serie, más bien lo contrario, disgregando episodios y creando una serie de anacronismos que no parecen voluntarios o, por lo menos, no colaboran con el orden de la trama ni con un desorden narrativo ex profeso.

Es probable que se trate de una serie de descuidos que no interesan al espectador promedio y que más bien hace parecer, a quienes los saben, unos nerds histéricos que no saben divertirse. Pero no van por ahí los tiros, ni los palos.

También, a diferencia de lo que acontece con la película de Winding Refn, la serie Vikings ofrece una visión sesgada y oportunista que surfea en la ola creada por las películas de Marvel. Una suerte de movimiento provikingo que va en evidente detrimento del mundo cristiano, que en la serie se muestra como ingenuamente compasivo y, desde un punto de vista casi eugenésico, como la raza débil en comparación con los esbeltos, poderosos y extremadamente sexualizados nórdicos, elegidos a la sazón dentro de un grupo de modelos de élite.

Chris Hemsworth en Thor (2011)

Chris Hemsworth en Thor (2011)

En su época, la homogeneidad de esos personajes era tan falsa como los cuernos de sus mitológicos yelmos. Había vikingos de todos los gustos y colores y su altura promedio se estima en poco más de un metro setenta, según la revista académica Nature

Se puede fechar la aparición de los personajes vikingos en la cultura popular en el 1962, con la aparición del cómic de Journey Into Mistery, ilustrado por el también mitológico Jack Kirby, con edición del padre de la Marvel, Stan Lee. Fue, precisamente, esta editorial la que permitió su llegada a la pantalla grande con las películas protagonizadas por Bill Bixby y Lou Ferrigno como antagonista del hombre verde, Hulk, ya hacia finales de los 80 (1988), con Eric Kramer en el papel del dios del trueno. 

Más atrás en el tiempo, hay un antecedente célebre al que puede adjudicarse gran parte de la responsabilidad en relación con el estereotipo en torno a los ‘saqueadores de ciudades’ (en buena medida eso significa hacerse el vikingo). Este se ubica luego de estrenadas las óperas del compositor romántico alemán Richard Wagner, quien buscó, a comienzos del siglo pasado, una nueva mitología originaria en la que sustentar las raíces del pueblo alemán, apostando por una reescritura muy personal (y deformada) de los mitos nórdicos (particularmente de las sagas islandesas) que derivó en esa imagen cornuda, belicosa, rubicunda y arrogante de la que se habla más arriba.

En resumen, podríamos distinguir algo así como tres momentos cuyo comienzo sería el de las óperas wagnerianas. Luego, la llegada al mundo de las historietas y, posteriormente, al cine, con un intento en parte fallido de la película ochentosa antes descrita y otro masivamente recibido con la nueva era de las sagas de la Marvel, a partir de la segunda década de los años dos mil.

Pero esta moda (si se nos permite el término y su liviandad) se ha extendido también al territorio de la moda per se, con una producción acorde a una demanda ingente de accesorios que van desde pulseras, brazaletes, collares, tatuajes y hasta cortes de cabello en consonancia con lo que las bastardeadas leyendas supuestamente promueven como imagen de los vikings (piénsese en una Shakira —nombre sirio-libanés— en los Grammys del 2023). Bastante alejado de una realidad aún no tan estudiada como la de otros pueblos europeos medievales, el colmo de los colmos lo completa la chapucera lectura de las esotéricas runas

Mi tía tira las runas, y tengo una amiga que tiene una amiga que también las tira y hasta ofrece una master class sobre runas y llamas gemelas (o algo por el estilo). Pero las runas no pueden ser leídas de ese modo. Acaso algún paleógrafo experto en lenguas germánicas primitivas puede leer alguno de esos caracteres no sin un importante margen de error. Como dijo Zitarrosa: “no, no se pué”.

En su apéndice sobre el alfabeto rúnico (Borges profesor, 1966), el gran escritor argentino ilustra con meridiana claridad respecto al significado y origen de estos jeroglíficos nórdicos (llamado futhark, por las seis primeras letras que lo conforman). Dice que las runas fueron utilizadas durante más de diez siglos por los pueblos del norte de Europa. Sabemos también que aquellas nunca constituyeron un alfabeto literario en sí. Sobre todo se han encontrado inscripciones en cuchillos, anillos, medallones y piedras (de ahí su forma angular, ya que estaban pensadas para tallarse en superficies duras). Su función era la de proporcionar información respecto a conmemoraciones, epitafios, brevísimas declaraciones de autoría, propiedad o herencia.

Con respecto a la época de su creación, la mayoría de los investigadores coincide en afirmar que el alfabeto rúnico debe de haber sido inventado en algún momento cercano a los comienzos de nuestra era y es posible que haya caído en desuso alrededor del siglo XI, producto del influjo del Cristianismo. La Posmodernidad o, para algunos, su etapa siguiente (meta, trans, altermodernidad) consiste en un vaciamiento del significado de las cosas, quedando solo el significante huero. En este sentido no es de extrañar que veamos y leamos las runas con una frecuencia inusitada, sin que tenga esto nada que ver con su antiguo propósito. Es lo que hay, por el momento.

A continuación, una suerte de catálogo de películas y series más o menos dignas del gran mito de la civilización escandinava (hay que leer las Eddas —mayor y menor— para profundizar al respecto). Más allá de la subjetividad de toda lista, aquí van algunas recomendaciones:

Erik, el vikingo (Terry Jones, 1989)

Una alocada historia con la marca registrada de los Monty Python, con un Tim Robbins como protagonista que intenta sacar a su civilización de la oscura era del Ragnarök (el fin de los tiempos).

Vida salvaje (Thomas Daneskov, 2021)

Se trata de una comedia en la que Martin, en plena crisis de la mediana edad, decide irse a vivir a las montañas de Noruega, adoptando una vida que busca imitar la que llevaron sus ancestros hace miles de años.

Los vikingos (Richard Fleischer, 1958), un clásico de los clásicos

Un film en el que Elinar y Eric (Kirk Douglas y Tony Curtis) representan a dos hermanos separados al nacer que lucharán unidos contra el rey de Inglaterra.

Viking (Andrey Kravchuk, 2016), una de vikingos rusos (que también los hubo)

Hacia finales del siglo X, tras la muerte de su padre, el príncipe vikingo Vladimir de Nóvgorod se ve obligado a exiliarse para escapar de su hermanastro, el traidor Yaropolk, que ha conquistado el territorio de la Rus de Kiev. Con la esperanza de reconquistar dicho emplazamiento, Nóvgorod decide reunir sus tropas de asalto y atacar a Yaropolk.

Northmen (Claudio Fäh, 2014)

En esta película no falta la acción. Accedemos aquí a todo un universo dentro de un moderno ícono del cine de aventuras. Una suerte de ronin vikingos —a saber, un grupo de mercenarios desterrados por su propio rey— queda atrapado tras las líneas enemigas en la costa de la actual Escocia, después de que su barco quedase destruido durante una tormenta. Su única posibilidad de sobrevivir: encontrar un camino que los lleve hasta el asentamiento vikingo de Danelag. La única ayuda: un enigmático monje guerrero.

Por Rodrigo Bacigalupe
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