La seda cae. Al primer hombre le desliza por los brazos como si fuera agua, como si fuera catarata o como si fuera una sumisión a la gravedad. La seda cae por sus hombros, por los antebrazos, el pecho todo, el abdomen. Cae y recién debajo lo suelta, se suelta, y arma una entrada de aire.

Mientras tanto, sostiene una guitarra a la que empuja hacia arriba. Toca poniendo los músculos hacia arriba. Las cuerdas vibran con su fuerza en un ambiente donde todo parece derretirse. El vapor del aire cae, los aplausos caen, los alientos caen. Sin embargo, él la mantiene en alto.

A su lado está el hincha. Abre la boca cada vez que puede y aspira todo el aire del mundo para alentarlo. Sabe y conoce del esfuerzo de levantar música en un planeta derretido. Entonces, lo admira. No aguanta la emoción y grita.

Tira con todo lo que tienen sus cuerdas vocales, que ya se le están pegando a la garganta, y extiende el canto. Infla las narinas para mantener el aire todo el tiempo que pueda, para acompañar los brazos del guitarrista. Las muñecas de ambos están repletas de sangre que les hinchan las venas. Tienen las manos infladas de aguantar con fuerza.

Cuando parecen estar venciendo al mundo, aparece la primera gota. Cae por la sien del que grita y, de pronto, todos lo saben. Es cuestión de tiempo. Todo comenzará a desarmarse, a dañarse, a disiparse.

Los pelos que le recorren la frente se mojan, de a poco. El delineador que se puso frente al espejo con el resto de los hinchas comienza a caer. Las luces sobre el escenario empiezan a oscurecerse. Las estrellas en la imagen ahora reflejan hacia abajo y no encandilan, sino que ayudan a cerrar los ojos.

Mientras que el guitarrista entrega todo a la guitarra, lo que lo rodea se duerme. Es lento, pero sucede. Van entrando en un ensueño húmedo, de calor y de sombras.

La voz del hincha va desapareciendo. Se vuelve suave, un susurro, y se apaga. La guitarra permanece en el sonido del aire un rato más, porque el músico tiene realmente una fuerza descomunal, hasta que cede.

Los dedos se van calmando y la melodía se vuelve lenta. Se escapa de la clasificación de lo bailable. Ahora solo sirve para lo más profundo del cerebro, para las almas tranquilas. Para el cuerpo es una herejía.

La escena de un concierto de rock durmiéndose o derritiéndose es cierta solamente en este plano virtual. Dentro de lo real, se trata de una fotografía de Mick Jagger y de Keith Richards. En un concierto de los Rolling Stones, en el Madison Square Garden de Nueva York, Bob Gruen consiguió un pase para fotografiarlos.

Eso sucedió el 24 de julio de 1972, el mismo año en que salió Exile on Main Street y un año después de que apareciera Sticky Fingers.

La imagen de Gruen recorrió el mundo, y se volvió una de las imágenes icónicas de unos Stones jóvenes y potentes. Lo segundo (y en cierto grado también lo primero) lo siguen manteniendo.

***

The Music Photo Gallery es una galería con base en Nueva York que cuenta con el derecho de las fotos más icónicas —la de Mick Jagger y Keith Richards, una de ellas— de la historia del rock. Las que toda la vida vimos en revistas: bueno, esas. Y por primera vez presenta una muestra colectiva en Uruguay. El lugar es el Club Cultural PIONERO (ruta 10, kilómetro 177,5), esa hermosa iglesia del rock and roll que esconde el balneario de Santa Mónica en Maldonado.

Todas las fotografías de la exhibición estarán disponibles para la venta en forma exclusiva para Uruguay y podrán adquirirse a través de la página oficial del lugar y de la galería en MusicPhoto.net. Este 20 de diciembre se realizó el lanzamiento de la muestra, que permanecerá todo el verano en el club. Todas las semanas publicaremos en LatidoBEAT la historia de las diferentes fotos con las que uno puede deslumbrarse.